Yo conocí Macondo

juan rualesPara llegar a Macondo no hace falta sino sacarse la espesa capa de racionalismo europeo inoculado por el sistema educativo oficial y regresar a ver la realidad. Macondo está aquí mismo, en la casa de cada uno de nosotros, más aún, en aquellas donde todavía tenemos frescos los recuerdos de la abuela, viva o muerta, las que tenían y tienen una explicación macondiana para todos los fenómenos de la naturaleza y de la vida.

Creer que los gatos negros son presagios de mala suerte y que su carne cura la epilepsia, además de tener 7 vidas; colgar una herradura en el umbral de la  puerta para alejar la mala fortuna; que los viernes 13 son vaticinios de catástrofes; arrojar accidentalmente la sal, a menos que se coloque un poco de ella en el hombro izquierdo para que no le caiga  una inminente desgracia; cruzar los dedos para que se nos cumpla un deseo;  o ponerse interiores amarillos para que el  año nuevo sea lleno de viajes y riqueza; o que pasar por debajo de una escalera es víspera de una desdicha;  tocar madera para ahuyentar un maleficio y pensar que al romper un espejo vendrán 7 años de mala suerte, colgar la pata de un conejo para atraer la felicidad, o  levantarse con pie derecho para que sea bueno ese día, etc., no son sino unas de las pocas manifestaciones mágicas de este Macondo que se extiende de norte a sur por nuestro continente. Los latinoamericanos nos hemos acostumbrado a vivir un doble mundo, el real y el mágico; dos caras de una misma moneda, no hay frontera entre ellas, ¿dónde termina la una y comienza la otra? He escuchado a médicos muy profesionales que recetan a su paciente un medicamento certero con la recomendación de que se encomiende a algún santo para que ese remedio  surta efecto. La ciencia y la magia están juntas en este Macondo que lo conozco desde niño, lleno de huacaiciques, curas sin cabeza, procesiones de la otra vida, brujas que vuelan en escoba, héroes desmembrados en plena batalla a cañonazos, que se arrastran con la bandera en la boca gritando “¡Adelante patriotas, viva la libertad!”. Si esto no es Macondo, entonces, díganme dónde queda. ¡Qué bello es nuestro continente!

 

Juan F. Ruales
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