Víctor Silva: La tecnología destruyó el arte de la fotografía

silvaAunque su eterna pasión ya practica casa adentro, nadie puede desconocer su valía profesional. Es uno de los personajes que sin ser ibarreño de nacimiento (es de Puéllaro), se considera un hijo de esta tierra, a donde llegó recomendado por unas damas ibarreñas “porque en la capital de los imbabureños no hay nadie que saque fotos tan bonitas”, recordó que le dijeron.

Con don Víctor Segundo Silva conversamos largamente, pero con su evidente simpatía, su alegría reflejada en el rostro y su fortaleza a flor de piel, quedaron muchos temas en la agenda. Sus 78 años no salen a relucir en medio de tanta frescura de vida. Un vino artesanal de mandarina, un cigarrillo y unas fotografías artísticas de varios personajes imbabureños fueron los complementos apropiados para el diálogo con quien fuera alumno de uno de los grandes exponentes de la fotografía nacional como Hugo Cifuentes.
¿Cómo fueron sus inicios?
Luego que murió mi padre, don Segundo Silva, dejé el colegio en cuarto curso. Mi madre Angela Silva ya no pudo educar sola a siete hermanos.
No tuvo otra opción…
A raíz de que mi hermano mayor Joel, se hizo cargo del estudio fotográfico de mi padre (ubicado en el Pasaje Amador, antiguamente Pasaje Edén en Quito) todos tuvimos que sumarnos al trabajo. Mi padre que murió muy joven adquirió los equipos que tenía un fotógrafo alemán y continuó con esa profesión. Nosotros nos dedicamos de lleno a la fotografía.

¿Cómo sacaban fotos a color en ese tiempo?
Se pintaba al óleo los retratos. Solo había la fotografía en blanco y negro, pero nosotros sobre esa fotografía le dábamos la pintura y teníamos lista la fotografía terminada a color. Mire hasta ahora duran las fotos que yo he realizado a muchos personajes de Imbabura.

Usted empezó muy joven, pero obligado por las circunstancias…
Desde los 15 años me involucré con el trabajo fotográfico. Ya estaba en el estudio manoseando, viendo, lavando, recortando, ayudando al laboratorista que es lo que más me gustaba y haciendo retoques en el negativo que era lo principal de la fotografía de ese entonces.

¿Siempre estuvo en Quito, antes de llegar a Ibarra?
No. Cuando tuve 20 años ya no me gustó estar en Quito y a través de un amigo pintor que egresó del Instituto de Bellas Artes, fui a parar en Cali, en una casa reproductora de ampliaciones.

¿Qué tal le trataron allá?
Ufffff, de maravilla. En Cali me trataron muy bien, porque como yo sabía del retoque en negativo, les gustó mi trabajo. Pero sinceramente a mi más me gustaba ver el proceso de cómo se proyectaba la fotografía y cómo salía al final.

¿Otra experiencia que recuerde?
En Panamá. Ahí estaba ubicado el laboratorio Kodak que repartía material para todo el continente. Ahí trabajé. Antes todo era un trámite. Los fotógrafos tomaban la fotografía y luego mandaban a Panamá para que las procesen. A más de Cali, visité otras ciudades colombianas, estuve en Panamá y locuras de juventud, pretendía llegar a México porque quería ser artista (risas…)
¿Siempre trabajó en blanco y negro?.
Siempre. Hasta ahora, en mi casa de El Retorno en donde vivo ya por espacio de 15 años sigo haciendo mis travesuras.

Pero todo ha cambiado, ¿cómo hace?
Ya no se puede trabajar como se hacía antes, ganas hay, pero desapareció la película plana, ya no hay los químicos y es porque ahora todo mundo está influenciado por el sistema digital.

¿Usted cree que la tecnología destruyó la creatividad fotográfica?
Yo digo que la tecnología destruyó el arte fotográfico. A mi criterio todo cambio por la tecnología ahora. Mire el calzado a mano, prácticamente esa belleza ha desaparecido; los sastres están a punto de desaparecer, los artesanos tienen grandes dificultades.