Un Yamor filosófico con Yolanda Cabrera

“Dios escucha lo que decimos, por eso hay que saber hablarle” le dijo suavemente una amable señora, de pelo plateado, manos que evidencia el trajín de los años y una sonrisa pícara, mientras acomodaba en la mesa de madera la jarra de chicha, lo que hizo dudar en un primer instante al forastero si se había equivocado de lugar e ingresado a una iglesia en lugar de un restaurante típico de Otavalo a disfrutar del Yamor.

¿Los indígenas están divididos?
El turista que por primera vez anda por estos rumbos, miró con disimulo a su alrededor, vio familias enteras sentadas frentea las mesas de madera y en las paredes cuadros y figuras autóctonas, a un costado observó siete envases de vidrio que contienen las mazorcas de los siete granos sagrados, mientras en el ambiente se disfruta de una música andina de fondo  y cerca de ahí el área de cocina y se dijo “No me equivoqué: estoy donde me recomendaron, en El auténtico Yamor de Yolanda Cabrera”.


Cuando iba a degustar el exquisito plato de fritada acompañado de la legendaria y ancestral bebida, asoma nuevamente la señora con pinta de abuela buena gente y le añade: “Somos viajeros de la vida y en cualquier estación nos quedamos, por eso sé que debemos de compartir, porque cuando me muera nada me llevaré”.

Tan profunda reflexión, dicha por una señora del pueblo con la sensación de haberse conocido toda la vida aunque era la primera vez que pisaba ese local, justo en una tarde gris y con fuertes vientos, marca definitivamente a cualquier mortal.

El guayaquileño, con un bocado en el tenedor de su mano izquierda se quedó boquiabierto mirando fijamente a la señora mientras ella, de pie, locuaz, seguía con su clase práctica de filosofía de la vida.  

“Es cierto, Dios escucha todo lo que le decimos por eso hay que saberle pedir con fe. No importa la religión, porque Dios siempre está pendiente de sus hijos y nos da amor, lo material se queda aquí. Por eso hay que compartir”.

“Mire, cada año instalo mi Belén en mi casa y atiendo a los niños y mayores que vienen a verlo. Si viera que la fila da la vuelta a la manzana y eso que yo vivo en la calle más fea de Otavalo. Igual, cada 31 de octubre, dono dos toneles de chicha, papitas  y fritada para “la llegada” de la Caminata. Los fieles llegan a este local a comer y descansar y viera lo feliz que me hace”.

“A veces las personas se olvidan que hay que pedir con fe porque Dios ha de dar. Por ejemplo, hace 40 años le pedí con fe a Dios que me ayude a poner mi negocito y en la Cooperativa de Atuntaqui me dieron un préstamo. Con mi negocito atiendo a los turistas, converso con ellos y por uno o dos dólares, comen el plato del Yamor. Con ese precio pueden comer todos, ¿verdad?. Atraigo nube de gente ¿pero que si me interesa la política? Calle, calle mejor.

“Mejor le cuento que también le tengo fe a mi niño Dios que me resultó andariego, hasta se me quedó un tiempo en España como los inmigrantes, fue elaborado con amor en madera de naranjo hace 180 años y yo le elaboro sus trajecitos. Mire ya se lo muestro para que le pida con fe y verá”.

A estas altura de la conversación, el visitante caminaba junto con la anfitriona por la cocina del local, aprendiendo los secretos de la chicha del Yamor, la necesidad de hacer hervir doce horas los granos, colocarle los otros ingredientes, dejarla reposar en barriles de robles, cernirla y luego servirla en jarras de vidrio.

 El intenso calor de la cocina donde ardían leños competía con la calidez de doña Yolanda y el turista sintió lo que es el espíritu de la fiesta del Yamor: la amistad al forastero.

“Han sido los dos dólares mejor invertidos de mi vida, pues a más del exquisito plato me dieron de yapa una clase de filosofía. Que viva el Yamor” gritó para sus adentros nuestro personaje, porque recordó que Dios escucha todo lo que decimos.