18-11-2019 | 10:46

Rompe el silencio que su madre aún guarda con dolor

Un adolescente de 15 años relata los angustiosos momentos que contempló cuando sus padres discutían. La experiencia le dejó una profunda huella.

Atuntaqui. “Apenas tenía 6 años cuando el sonido de la sirena policial y las luces roja y azul invadieron la fachada de mi casa.

Mi madre me tenía en sus brazos, sus lágrimas recorrían mi cara y nuestras manos temblaban de miedo al ver cómo la policía esposaba a mi padre”, nos empieza describiendo Ángel, nombre protegido, un adolescente de 15 años que fue testigo directo de violencia intrafamiliar.

Continúa con su relato. “Ese fue el último día que mi padre golpeó a mi madre”. “Mis padres estaban separados, eran las 17h30, llamé a mi madre para que vaya a verme, deseaba abrazarla, así que no le conté que mi padre estaba ebrio. No debí llamarla, es mi culpa todo lo que pasó”.

Ángel manifiesta que esa noche marcó su vida, “no puedo olvidar los gritos de desesperación de mi madre mientras huía de mi padre porque la seguía con un cuchillo por toda la casa, sus chillidos se escuchaban por todo el barrio”.

Nos cuenta que ese día su padre abrió la puerta para que su madre entre pero ella se negó y como estaba pasado de copas la insultó. Ese sería el detonante para desatar la furia del hombre, que minutos después golpeó a la mujer.

“Se empezaron a gritar y de pronto, se escuchó un estruendo, me acerqué a la ventana, era mi padre jaloneando a mi madre mientras pateaba la puerta principal, ella se sostenía de la pared por lo que la tomó por el cabello.

Empezó a gritar mi nombre para que la ayude, yo tenía miedo de acercarme a mi padre.

Me sentía inútil al no saber cómo ayudarla, así que salté por la ventana que conducía hacia la terraza de mi abuelita que vive al lado, para que traten de calmarlo y acabar con todo", entre lágrimas nos sigue relatando.

Pero esto no sería todo, lo peor estaba por suceder, ya que el hombre logró encerrarla, teniendo todo el control sobre ella.

Los abuelos de Ángel procuraron que él no salga de la casa por seguridad, así que fue al balcón, sintiéndose impotente porque era un espectador más.

Cuando salieron los abuelos de Ángel ya fue tarde, porque las puertas estaban aseguradas.

“Todos mis vecinos estaban afuera, los gritos de mi madre eran incesantes, así que uno de mis vecinos llamó a la Policía”.

Mientras la Policía llegaba, la mujer logró escapar de su exconviviente y se refugió tras la espalda de su exsuegra, quien estaba afuera de la casa tratando de ingresar a la casa y tranquilizar la trágica situación.

Minutos después, se escuchó la sirena policiaca y el niño desesperado huyó de la casa de sus abuelos y corrió a los brazos de su madre.

“Sentía la respiración agitada de mi madre y su voz entrecortada rindiendo las declaraciones a los servidores policiales, mientras a mi padre lo tenían contra la pared.

Es algo que jamás podré olvidar”, añade Ángel, nombre protegido.

Los primeros golpes. Ángel recuerda que cuando tenía 5 años las cosas empezaron a ir mal en su hogar. El primer día que su padre golpeó a su madre, fue un día cualquiera, “mi padre llegó del trabajo, no lo veía mucho porque él estaba en Quito, ese día me trajo un regalo, lo abrí con mucha emoción, me quedé en la sala jugando”.

Después fui a darle las gracias y vi como le dio un puñetazo a mi madre, me asusté, era muy pequeño para entender que esas actitudes no deben normalizarse.

Desde ese momento empezaron los golpes e insultos en mi casa”. “Me dolía ver sufrir y llorar todas las noches a mi mamá. Me sentía inútil al no saber cómo ayudarla", nos cuenta con la voz entrecortada.

Después del hecho. El joven finaliza diciendo que luego del lamentable suceso y cuando su padre quedó en libertad, nunca se habló del tema.

Debido a la profunda huella que dejó éstos y más escenarios violentos, su a-buela lo llevó a varias terapias psicológicas para conseguir la total recuperación emocional y física, que le dejó vivir en un hogar violento.

“Los padres son sus figuras de referencia y su primera línea defensiva; ver que no se respetan puede provocarles inseguridad, en el ámbito familiar como personal”, dice Verónica Cal-derón, psicóloga.