15-06-2019 | 09:45
(D)

Lleva más de 15 años viviendo en el parque de Yacucalle

La mujer de baja estatura vive de la voluntad de sus vecinos y de cualquier persona que le regala ropa o alimentos. Otros le regalan mascotas.

Ibarra. Vestida con un calentador plomo, camiseta blanca y zapatos deportivos, estaba Carmela, en el parque de La Familia, sitio que ha sido su hogar hace 15 años.

Cuando llegué al lugar uno de los vecinos estaba regalándole una gaseosa en una botella de vidrio. Ella con alevosía caminaba varios pasos adelante de él.

Notablemente le molestaba mi presencia, el hombre que le regaló el refresco dijo que no era uno de sus mejores días y que suele amanecer enojada en ocasiones.

Mientras el vecino me explicaba la situación, la mujer murmuraba y evitaba alzar la mirada, buscando ocuparse en algo para ignorarme. Intenté acceder a ella y le pregunté si ya había desayunado, ella sólo corrió como si le estuviera amenazando. Volví donde el vecino, que tiene un pequeño negocio a unos 15 metros donde Carmela instaló su improvisada vivienda, y le pregunté que sabía de ella. El señor, quién no se identificó, dijo que hace 15 años vive en el sector, cuando el parque no era como ahora, y que en esa época la mujer ya pernoctaba en el sitio.

Hasta finales de 2018 tenía su espacio en la calle General Julio Andrade, pero por la remodelación del parque tuvo que retirar sus pocas cosas e instalarse al frente.

Historia. Mientras la mujer retornaba al sitio, luego de haber huido de mí, el morador comentó que Carmela ha mencionado que su madre aún vive, y que reside por el sector del mercado Mayorista, a donde suele ir a visitarle de forma esporádica. Otras veces recorre el centro de la ciudad, duerme en donde se siente cansada y come lo que le ofrecen.

El vecino del sitio dijo que cuando despierta con buen genio suele cantar y hasta contar chistes, pero corrí con mala suerte y ayer, no quería saber nada de emitir palabras.

Sin quitarme la mirada de encima estaba de nuevo en el lugar, enseguida se dio cuenta que hablábamos de ella, pero no le importó.

Volví a acercarme y corrió nuevamente, sin embargo vigilaba sus cobijas apostadas sobre varios bloques en forma de cama, un palo, su ropa, fundas, lanas, comida y un cuchillo, usado para preparar sus alimentos, porque en pequeñas ollas obsequiadas, cocina varios menús, según el vecino.

Fingí irme del sitio, para intentar por tercera ocasión dialogar con Carmela, pero su actitud me dejó claro que no quería hablar.

Caminé varias cuadras a la redonda y al notar que me alejaba, ella se mostró más tranquila y se sentó en su cama para afilar un cuchillo en la vereda.

Nuevamente regresé al lugar e intenté conversar, esta vez me ignoró totalmente y siguió con sus actividades, entre dientes emitía varios sonidos y me veía disimuladamente.

Le busqué otra vez. Este era mi tercer intento y otra vecina me dijo que no iba a conversar, porque cuando amanece enojada no interactúa con nadie.

Había escuchado varias historias en torno a Carmela y aproveché para preguntarle a la señora de la tercera edad y despejar mis dudas.

Le cuestioné que por qué en esta ocasión Carmela no estaba con mascotas y me dijo que no siempre tenía a su lado cachorritos, ya que al saber su amor por los animales, las personas le pasan regalando perritos y gatitos, pero ella se encariña unos días y luego les venden por pocos dólares en el mercado, o los cambiaba por alimentos, ya que le gusta cocinar.

“A veces trae ollas que le regalan y junta leña para cocinar. En el barrio es muy conocida, pero cuando está enojada nadie se le acerca. Dicen que tiene madre y que sabe visitarle, pero no sabemos si es que es cierto. Han venido de instituciones a ayudarle, en algunas ocasiones le han llevado, pero vuelve a los pocos días, asegurando que ese es su parque”, dijo la mujer de 62 años.

El último intento. La curiosidad me invadía y regresé nuevamente, aunque esta vez colmé la paciencia de Carmela. Me alejé un poco, mientras afilaba la punta de un pequeño palo con un cuchillo. Caminé hacia ella y proliferó palabras de enojo, lo único que entendí fue “largo de aquí”.

Aproveché fotografiándola, pero siempre atenta, ya que buscaba algo insistentemente entre sus cosas. Sacó varias prendas de vestir, fundas, una lana rosada con agujones que se agarraban a un tejido, y, finalmente un plato, que aprovechó para arrojarme en señal de enojo y de aviso que debía alejarme.

La vajilla quedó a un metro de mis pies, pero entendí que realmente esta vez no iba a conocer su historia. Retrocedí varios pasos y ella agarró su lana e instrumentos para tejer y empezó a caminar. Yo me retiré del lugar para dejar de importunarle. Desde lejos observé que se fue a la esquina, desde donde vigilaba si ya me había ido.