Seamos buenos padres

En todos los tiempos, los hijos han sido considerados no sólo como la continuación del género humano o la garantía de que el apellido se prolongará sino también como el regalo más grande y valioso que Dios da a una pareja como fruto de su amor. Desde el momento de la concepción, el estilo de vida de los padres cambia puesto que la noticia de la venida de un hijo genera diferentes tipos de sentimientos. En los hogares que están bien conformados, el nacimiento de un bebé trae felicidad y optimismo, pero en los que la pareja no es estable, la venida de una criatura causa tristeza y preocupación. Obviamente, se debe resaltar que padre o madre de familia no es aquel que engendra al hijo sino aquel que asume la responsabilidad de amar al niño, cuidar del adolescente y velar por el bienestar del joven, independientemente de la relación que se tenga con la pareja; ya que cuando uno se divorcia, se lo hace del esposo o esposa, pero jamás se separa de sus hijos. Más aún, en esta sublime pero al mismo tiempo difícil misión como padres debemos tomar en cuenta que podemos: suplir sus necesidades físicas pero no sus requerimientos emocionales, guiarlos por el buen camino pero no imponerles nuestras decisiones, verlos dormir pero no entrar en sus sueños, etc. No olvidemos jamás que el hogar es la escuela de valores, en la que los padres debemos formar a nuestros hijos con el ejemplo porque nosotros somos el espejo en el que ellos se mirarán para enfrentar los retos como ciudadanos del mundo.