Resegraron a casa sin vida

chileOTAVALO. Ay Jesuslla, alabanza  kichwa, era entonada por un grupo de jóvenes con voces angelicales que cantaban la alabanza mientras los hermanos otavaleños Diego Armando Males Potosí y Ana Verónica Males Potosí eran sepultados. Ellos fallecieron hace casi dos semanas en un accidente de tránsito en Chile.   

 

El canto. “Sumac quishpichic Jesuslla, ñuca almata charipai, huañushca jipapipash ñuca alma camba cachun aya Jesuslla ñuca alma camba cachun”, que traducido al español significa “Jesús es nuestro Salvador que nos lleva después de la muerte a la vida eterna” era el canto que repetidamente se escuchaba en el cementerio de Otavalo.

En su país. El viernes 18 de abril los hermanos otavaleños perdieron la vida en un accidente de tránsito.
Diego y Verónica retornaron a su país sin vida el pasado jueves.
Migración. Los hermanos tenían residencia chilena y cada año retornaban a su comunidad, La Compañía, en el cantón Otavalo junto al lago San Pablo.
La migración y sus anhelos de superación, llevaron a los hermanos Males Potosí a dejar su país, explicó Luis Humberto Remache, familiar de las víctimas, en un diálogo anterior.

Larga espera. La familia de los hermanos fallecidos que residen en Ecuador pidió ayuda a la Gobernación de Imbabura. En Chile, la esposa de Diego junto a sus allegados también tramitaba la repatriación de los cadáveres.
En un inicio, la familia Males Potosí, estimaba que la traída de los cadáveres costaría alrededor de 15 000 dólares.

El adiós. Ayer fue el sepelio de los hermanos otavaleños. Su familia, llena de dolor, evitó dar declaraciones.
Allegados a los occisos, explicaron que el regreso de Verónica y Diego, fue gracias al apoyo de la Gobernación, Cancillería del Ecuador y recursos propios gestionados por la familia de los hermanos fallecidos.
Dolor. Diego Armando Males Potosí, de 23 años, y su hermana Ana Verónica Males Potosí, de 27 años fueron sepultados en una tumba de 2,50 metros de profundidad en el cementerio de Otavalo.
Hasta este lugar llegaron decenas de allegados para despedir a los fallecidos.
Antes de sepultarlos, se realizó un ritual de despedida en Pakarikuy uku (capilla ardiente) ubicada al interior del cementerio. Para la velación se cerró una calle en su comunidad.