Protesta o barbarie

Con la falaz justificación,- o engañoso pretexto -, de reclamar por la eliminación de los subsidios a los combustibles, las “pacíficas” protestas de los últimos diez días, protagonizadas por organizaciones sociales, campesinas e indígenas las convirtieron en un ensayo de despiadada barbarie. Alentados por quienes sostienen la necesidad de reclamar para cambiar políticas nocivas, en el derecho a la resistencia, en la urgencia de salir a las calles para lograrlo, muchos aplaudieron las nacientes protestas. Pero ese aplauso inicial se convirtió en miedo y zozobra al comprobar cómo aquellas se transformaron, como si todo estuviera planificado, en descarada exhibición de una violencia nunca antes vista. En estos días, muchos han vivido aterradoras experiencias de abuso, violación de elementales derechos, destrucción de los bienes públicos, vandalismo y saqueo. So pretexto de defender a los ciudadanos, grupos aparentemente entrenados convirtieron a Quito en un campo de batalla, destruyeron vías, servicios públicos, incendiaron edificios, secuestraron policías, soldados, periodistas, apedrearon ambulancias y obligaron a la fuerza pública a intervenir, en ocasiones con exagerada dureza, para frenar la violencia incontenible desatada. Tras esa dolorosa experiencia toca a los ciudadanos rescatar la paz. La que resguarda nuestros derechos hoy vulnerados, la que permite el trabajo hoy paralizado, la que genera la unidad hoy dividida, fraccionada. Paz que no llegará si no identificamos y llevamos ante la justicia a los responsables, si hacemos “del perdón y olvido”, y no la condena y sentencia justas, el camino para reconquistarla.