Nos queda su recuerdo

Todos, absolutamente todos los seres humanos, en algún momento de nuestra vida debemos afrontar el traumático dolor de la pérdida de alguno o algunos de nuestros seres queridos. Acostumbrados a su querida presencia física, su pérdida repentina estremece y sacude las fibras más íntimas de nuestros sentimientos. Ninguna explicación es suficiente para aceptar la fatal realidad. La pérdida de un familiar o de un amigo nos marca para siempre. Qué tragedia más grande, la de perder a una madre; qué duro tener que resignarse a nunca más poder abrazarla y oír su voz; qué hermoso soñar con ella, pero qué tristeza al despertar y saber que solo fue un sueño.

Qué dolor más inmenso, el de perder a un hijo; la naturaleza prevé que los hijos entierren a sus padres, pero cuando esa ley se trastoca, sólo queda apelar al heroísmo, para como padres poder soportar la tragedia; si al perder a los padres sus hijos quedan huérfanos, si quienes pierden a su cónyuge quedan viudos, tan inexplicable resulta la pérdida de un hijo, que en el diccionario no existe una palabra que defina en qué condición quedan quienes le dieron la vida.

Quienes nos dejaron físicamente, quedaron más presentes que nunca en nuestra memoria, están ahí, en nuestros diarios pensamientos, en nuestros mejores recuerdos, en nuestra eterna nostalgia. No nos queda más que agradecerle a la vida por haberlos tenido y haber compartido el amor.