“No somos fascistas, somos venezolanos”

Conmueve  la frase dicha por una mujer en el estado de Carabobo, quien con lágrimas en los ojos, desesperación y hastío decía al mundo que los manifestantes que están en las calles de Venezuela no son ni oligarcas, ni fascistas, ni golpistas, sino venezolanos cansados del desabastecimiento, la falta de empleo, la inseguridad, la violencia, la corrupción, la manipulación política y la polarización.

En los últimos cuatros años ha tenido nueve devaluaciones del bolívar y está en una de sus peores crisis, camino a la hiperinflación. De este retrato  social hay que aprender, y la primera enseñanza que deja es que a los pueblos hay que escuchar antes de que se desaten, no se debe anular su voz ni etiquetar a todo aquel que se pronuncie en contra como un anti-bolivariano, porque nosotros en Ecuador hemos  valorado  y so pesado  la presencia del pueblo en las calles, quien  con su fuerza y movilización ha destituido a tres  presidentes en dieciséis años, siempre con argumentos a favor. Entonces el sentir del pueblo venezolano es legítimo, nadie mejor que ellos para entender lo que viven en el día a día; desde afuera no podemos juzgar ni afirmar que es un pueblo manipulado por la oligarquía como se dice, porque la angustia social rebasó cualquier intento de manipulación ya sea de parte de la oposición como del gobierno de Maduro. Otra enseñanza es el precio que las sociedades pagan por la desinstitucionalización, cuando todas las entidades y  funciones del Estado incluidas las fuerzas armadas, son captadas por un  partido único, sin margen de deliberación o autonomía. Lo que hacen las tendencias políticas en el ejercicio del poder es marcar la ley del péndulo, es decir que luego de un gobierno de izquierda que se desgasta por su propia dinámica vendrá otro de derecha con argumentos de salvación, y que luego de la  derecha que se ahogará en  las propias contradicciones del capitalismo vendrá otro de izquierda con la esperanza del cambio y justa distribución de la riqueza, pero no se alcanza a comprender que el copiar tipos de gobierno no ayuda a construir sociedades estables, porque cada país vive una realidad diferente,  por eso el pueblo es el mejor termómetro de su propio bienestar.

 

Myriam Valdivieso Cox
mival63@yahoo.com