Nada se puede hacer en soledad

Somos muchos, a pesar de estar más solos que nunca, víctimas de estilos de vida profundamente egoístas, pues aunque sabemos que nada se puede hacer en soledad, se constata amargamente como el ser humano ha dejado de donarse y de quererse. Se me ocurre pensar en multitud de ancianos abandonados, en aquellos niños asesinados incluso antes de nacer, en la desbordante cifra de jóvenes sin esperanza de futuro, sin oportunidad alguna de poder crecer y realizarse, o en ese afluencia de migrantes, afanados en llegar a una tierra donde poder vivir armónicamente. Desde luego, para empezar deberíamos cultivar más la valía de toda persona, ser más auténticos, cuidar más de la fragilidad de los individuos, ser más sensibles con esas gentes que caminan extraviadas. El mundo no requiere palmeros, sino parentelas que reconozcan el valor de toda vida humana, y la dignifiquen más allá de las meras apariencias. No es cuestión de palmas, sino de activar la cultura del abrazo del alma, de impulsar los parlamentos para que mejore la vida de todo ciudadano, de inducir a que se multiplique el acompañamiento, evitando de este modo las divisiones sociales a través del diálogo y la cooperación entre culturas y generaciones diversas. La humanidad requiere por tanto sensibilizarse y ser más hospitalaria, hay que dejar de sentirse solos y comunicarse; ya no solo para ser comprendido, sino para comprender; tampoco para ser amado, sino para amar.