Migrando hacia Estados Unidos

Las caravanas de migrantes que partieron hace varios meses desde Honduras, Guatemala y El Salvador, con el utópico propósito de llegar a Estados Unidos e ingresar a la Unión como refugiados, a cuenta de la violencia, inseguridad y falta de empleo en sus propios países, han suscitado muchos comentarios.

Tratar de entrar a los Estados Unidos, ese paraíso laboral tan preciado y tildado de “sueño americano”, es para muchas personas –sobre todo latinoamericanos– una meta casi imposible.

Las barreras que imponen los consulados estadounidenses a lo largo y ancho del mundo constituyen un “stop” para cualquier prospecto de migrante que amenace a los puestos de trabajo reservados para sus connacionales. Las leyes migratorias de Estados Unidos son especialmente anacrónicas, lentas y anticuadas.

Cuando estas caravanas, integradas por unos ocho mil centroamericanos, salieron de sus países de origen, Trump rápidamente las calificó como amenazas para la seguridad nacional. Dijo que llevaban delincuentes y terroristas infiltrados. Todo esto en el ambiente electoral de medio término donde republicanos y demócratas se acusaron de ser responsables del desastre migratorio.

La fronteriza Tijuana –intimidada por Trump- amortiguó la ola migrante. Unos intentaron entrar indebidamente, por asalto, sin resultado.Ahora están varados y desolados. Algunos buscarán el ingreso ilegal, otros el retorno. Penoso.