Manabitas están viviendo lo más difícil

2Era un sector turístico, lleno de gente, en donde muy temprano se escuchaba la bulla de los comerciantes. Hoy, la parroquia Tarqui, de Manta, recibe a sus visitantes por la noche y a oscuras, por el día las máquinas y los militares rodean la zona.

    
Después de casi un mes de haber vivido la terrible tragedia del 16-04-16 un tanquero se encarga de mojar el polvo que se forma por   las edificaciones caídas, calle por calle, todas las mañanas.
Casi todos los días el sol en Manta aparece a las 07h00, dándole brillo a una ciudad que perdió la alegría de su gente y que ahora la tristeza se dibuja en el rostro de cada uno de los mantenses, manabitas y ecuatorianos en general.
El corazón comercial de Manta está rodeado de militares, policías y de cintas amarillas que dicen “precaución”. La entrada a la zona no está permitida, según los uniformados, por seguridad de que un edificio se caiga.
Pero sí hay sectores en donde las bicicletas, motos y carros pueden circular. Hay tanta destrucción que las calles y los lugares no pueden ser identificados.
Esta zona está llena de ladrillos, bloques, fierros, cables, postes y “montañas” de escombros en las esquinas. La temperatura llega hasta los 30º, la gente que perdió su vivienda no quiere salir de su terreno, como Ana Flores, una mujer de escasos recursos económicos, de piel canela, vestida con un short de tela color azul hasta la rodilla, una blusa apegada a su cuerpo color amarilla y su cabello lacio, negro, hecho una “cola de caballo”.
Recorre el pequeño terreno de su casa, en una esquina, en donde ahora solo hay escombros. Con su cara de tristeza y con la voz quebrantada, Ana dice que una vecina murió horas después del terremoto porque recibió muchos golpes, su costilla estaba rota.  
“Teníamos que salir de la casa cuando fue el terremoto, mi hermana no estaba, pero si hubiera estado tal vez hubiese pasado algo”, dijo.
Ana pone sus manos sobre su cabeza y retiene las lágrimas. “Todo se nos perdió, y yo les pido de favor que si me pueden ayudar en algo lo hagan, tengo apenas una camita en una carpa que me dieron”.
Señala el lugar en donde ahora está viviendo con sus tres hermanas, sin luz y sin agua, frente a su terreno. “Días después del terremoto nos veían dormir afuera en los portales, entonces vinieron y nos regalaron esas carpitas porque hay mucho sol y polvo”, expresó.
Ana sigue insistiendo en la ayuda que necesita con su voz de desesperación. “Si me pueden ayudar en hacer una casita. Las autoridades del cantón me han dicho que espere, no sé hasta cuándo tenemos que esperar”.
Esta familia no tiene cocina, Ana le da a una vecina los víveres que a veces recibe. “La ayuda aquí es según los carritos que pasan, que ya nos regalan una fundita de víveres”, acotó.
Colchón, cocina y ollas es lo que también necesita esta familia que perdió casi todo, pero que al otro día de la catástrofe pudieron recuperar la poca ropa que tenían. “Hay gente que pasa y nos regala una ropita y esa nos ponemos”, dijo con tristeza.
Terminando de contar su historia, parada bajo el fuerte sol de Manta, frente a los escombros de su casa no pudo contener las lágrimas.
“No es justo, hay personas que no se les ha caído la casa y ellos piden ayuda y les dan, pero las que estamos perjudicadas pedimos ayuda y nos dicen que esperemos… esperamos pero eso no es justo”.

 

DAÑOS
 Hoy los daños del terremoto se evidencian en cada rincón de Manabí. Un mes después hay una respuesta mayoritaria del ciudadano ante este doloroso episodio, la gente sabe que se debe trabajar arduamente para salir adelante, no será fácil, pero se es consciente de que el único camino demanda de mucho esfuerzo.
La capital manabita también tiene su corazón comercial, el centro está destruido. Asimismo como en Manta, rodeado de militares, policías y de la famosa cinta amarilla. Para los portovejenses lo que ocurrió parecía el fin del mundo, aún no lo asimilan. Richard Rivas vive en una zona alta de la ciudad. “Salí de mi casa y vi que las calles de Portoviejo parecían las olas del mar, el polvo se elevó hasta el cielo y se escuchaba a los edificios caer, después la gente bajó, no a ayudar, sino a saquear los negocios que quedaron destruidos”.
La zona comercial de Portoviejo está sola, hay montañas de escombros, edificios a punto de caerse, ventanas de madera, ladrillos y cables es lo que hay en las calles donde antes estaban llenas de gente comprando ropa, zapatos, comiendo en un restaurante u hospedados en un hotel.  
Iván Piloso siente decepción cuando recorre la Zona Cero de Portoviejo en su bicicleta con la temperatura de 33º. Se para en cada esquina y observa cómo las maquinarias pesadas recogen los escombros de lo que fue un hotel, una casa o un negocio.  
Juan Pablo Trámpuz es catedrático, comunicador y habita en Manta, ha vivido la terrible catástrofe que golpeó esta zona y la provincia.
“Después de casi un mes creo que tenemos mucho que aprender de toda esta situación, los ciudadanos a valorar y fortalecer el tejido social en las calles, manzanas y barrios; los rectores de las instituciones a formar equipos de personas que verdaderamente sean capaces de responder ante situaciones complejas, y que estos les ayuden a tomar mejores decisiones”, dijo.