Luisito

paolina-vertuquereRecuerdo cuando mi hijo mayor, hoy adolescente, se emocionaba con la figura de Luisito; recuerdo las discusiones entre primos de la misma edad por determinar quién era “el verdadero Luisito”…


Su nombre corrobora el mestizaje de nuestra ciudad y de nuestra lengua: Patronímico católico de San Luis de Otavalo, se kichwiza con el diminutivo como hecho recurrente en el habla que da fe de la matriz cultural-sustrato de nuestro castellano andino. Luis, a secas, desde la lógica kichwa, sería rudo y hasta descortés, Luisito marca cercanía, crea vínculo afectivo e identificación. Recuerdo también mi emoción al constatar como mi pequeño se identificaba con ese personaje alegre que aparecía en calles, plazas, desfiles, pregones y en las pancartas que anunciaban la obra pública. La imagen del joven otavaleño, que orgulloso y desenfadado exponía su poncho, sombrero y trenza, era signo de que algo estaba cambiando: aparte de que los pequeños kichwas -entre ellos mi hijo- pudieran sentirse públicamente representados, se estaba abriendo la posibilidad de que la imagen tradicional de la autoridad sea trastocada. La esfera pública, la esfera del poder, la cara de la autoridad, ahora también podía ser encarnada por personajes  tradicionalmente asociados al ámbito de lo doméstico-servil o de lo comercial-artesanal. Sin afirmar que el Estado tenga nuestro rostro y nuestra voz, el camino para resquebrajar estos espacios ha sido largo y éste y otros símbolos han contribuido a democratizar, en alguna medida, la imagen antes monolítica de la autoridad y del poder. Para nuestros hijos, resulta casi normal que ésta sea ejercida indistintamente por hombres, mujeres, kichwas, mestizos, jóvenes o personas de otros colores e inclinaciones. Sin discutir sobre la presencia de Otavalo en el Ecuador y en el mundo y más allá de la evidente dimensión política que esta figura tiene en nuestro cantón,  Luisito representa también lo que hemos ganado como otavaleñ@s, en términos de construcción de íconos que empujen a concretar los ideales de igualdad que anhelamos como sociedad. ¡Luisito…es Otavalo!