Los Molinos, soledad y memoria

Ibarra. “Las monjitas carmelitas se fueron a Popa-yán, a buscar lo que han perdido debajo del Arra-yan”…¿Quién no escuchó está canción en su infancia? Seguramente, a comienzos del siglo XX, las religiosas venían desde Quito, debían pasar obligadamente por el puente de Los Molinos, ingresando por la avenida Carchi, que por sentido común, más que con conocimiento histórico, lleva el nombre de la provincia fronteriza con Colombia, y en donde se asienta el destino de las carmelitas: Po-payán.

Un letrero casi destruido por el tiempo en medio de hierba y maleza saluda a los visitantes del norte.

“Bienvenidos a Ibarra” se puede leer, aunque con dificultad debido al desgaste propio del tiempo. Así recibía la Ciudad Blanca a los carchenses hasta hace 60 años atrás.

Sobre el puente original del río Tahuando se construyó otro más moderno, que se levanta gigante como símbolo de progreso, dejando en un obligado silencio, la memoria de quienes todavía habitan en los rincones de la avenida Carchi.

“Por aquí había bastante ruido”, recuerda Carlos Gudiño, quien vive más de 60 años a pocos metros del puente antiguo.

“Ahora esta avenida está abandonada, aquí no pasa nada, nos han olvidado, las autoridades vienen solo a sacar fotografías , luego se van y nosotros no sabemos nada”.

Para Gudiño, la Ciudad Blanca limitaba en este pequeño puente, cuyo ingreso ahora luce abandonado. Así lo evidencian los matorrales que se elevan por sus paredes las piedras carcomidas por la lluvia, unas cuantas casas abandonadas, un camino de tierra con cemento y un grupo de cuatro perros que deambulan por el sector.

Solo un camión. Amanda Ramírez, vive dos casas más abajo que Gudiño. Pa-ra la vecina solamente quedan los recuerdos de un puente que dejó de ser útil y fue reemplazado por otro en el cual su marido, ya fallecido, colaboró para su construcción. Durante más de medio siglo ha sido testigo del crecimiento de la ciudad, gracias a la Paname-ricana Norte pero la parte empedrada sigue. “Antes pasaban toditos los buses que venían del Carchi, sus choferes tenían que hacer maniobras peligrosas para pasar por la estrecha vía de un solo carril”, cuenta la vecina, mientras nos invita a mirar desde su jardín el puente desde otro ángulo.

Desde un rinconcito, entre plantas y flores se divisa una placa hecha en piedra en donde se informa que el puente data del siglo XVIII. Lo que no se sabe es sí esta es la fecha del comienzo o final de la obra.

“Este puente está muy bien hecho”, se repite Amanda, al mismo tiempo que no comprende cómo ha durado tanto tiempo en pie.

Nadie socializa. Ahora solo el camión de uno de los vecinos atraviesa el puente original sobre el cual se “atemoriza” la obra de la Panamericana Norte, que según una promesa de la alcaldesa Andrea Scacco, “será ampliado a cuatro carriles”. La señora Ramírez y don Gudiño no han escuchado nada de esta obra.

Afirman que nadie les ha explicado cómo van a hacer la ampliación, quiénes resultarán afectados y ¿qué pasará con las casas aledañas? Hasta mientras toman un respiro y miran hacia el horizonte añorando que un bus interprovincial pase frente a su casa.

Por el puente solamente podía atravesar un vehículo a la vez. Los buses tenían dificultades.
Carlos Gudiño muestra el camino que en otros tiempos era bastante transitado y que ahora luce vacío
Un letrero cubierto por hierbas es los único que queda de las “odiseas” al venir desde Carchi.