Libertad y libertad

Ruben DarioEl otro día escuché decir al poder político que la Ley de Medios “no le quita el sueño”.
Más bien, enfatizó, “nos está yendo muy bien como estamos ahora”.
¿Qué pretendió con esas frases? ¿Desconcertar a los atemorizados? ¿Ganar tiempo hasta tener los votos en la Asamblea? ¿Mostrar -como es costumbre- su desprecio hacia los medios y periodistas no alineados con la revolución?
Lo esencial era desviar la atención nacional: en su objetivo de desarmar el “Estado de opinión”, supuestamente basado en la inconmensurable influencia de la prensa sobre la sociedad, el poder político ha puesto a funcionar toda su maquinaria.


Y esa maquinaria logrará, de cualquier forma, poner en vigencia una ley que tiene un propósito fundamental: controlar los contenidos de la prensa privada.
De esa manera, el poder político completará su estrategia: aprovechar la fragilidad de un sector de la prensa y cosechar los frutos de su sistemático desprestigio y estigmatización al periodismo no oficialista.
¿El poder político quiere poner fin a lo que llama Estado de opinión? Lo que pretende la ley contra la prensa privada (que, sin eufemismos, así debería llamarse) es que la información y opinión se vuelquen a su favor y que el denostado “poder fáctico” esté bajo su control.
Cuando eso suceda, gracias a una legislación intimidante, el poder político tendrá a su favor el Estado de opinión y reafirmará aquello de que “nos está yendo muy bien”.
Esa es su libertad, aunque se la construya sobre las restricciones y la intimidación. Sin embargo, pese al cerco legal, quienes creemos en el periodismo y no en el fanatismo militante tenemos que alcanzar el reto de siempre: hacer el mejor periodismo posible y buscar la excelencia. Ese será nuestro más honesto ejercicio de libertad. Y el poder político no podrá, jamás, contra esa libertad.