Las mal llamadas “bandas de paz”

Desde que el iluminado y omnipotente metió durante diez largos años su mano ennegrecida hasta donde no debía, han ido quedando rezagos, ni siquiera las bandas de guerra pudieron salvarse del embate maléfico. Aduciendo que somos un país donde debe reinar o reina la paz, implementó otro desacierto descabellado, este, con dedicatoria expresa a los desfiles cívicos y el del 31 de octubre en Otavalo, no podía ser la excepción.

Otros tiempos. Hemos sido testigos presenciales de cómo las instituciones educativas enfilan su marcha, pretendiendo mezclar el agua con el aceite –musicalmente hablando– tergiversando las creaciones de nuestros autores y compositores, al añadir la disonancia estruendosa de bombos y tambores. Ya es costumbre escuchar al paso de las ahora mal llamadas “bandas de paz” el Pobre corazón, Carabuela, Ñuca llacta, el Puca aicha y otros temas del pentagrama otavaleño, desagradablemente fusionados con redobles repetitivos y melodías desafinadas. Me atrevo a pensar que Guillermo Garzón Ubidia, Manuel Mantilla, Don Gonzalo Vinueza y José M. Chalampuente, se revolcarán en sus tumbas al comprobar que sus inmortales creaciones han sido patéticamente manoseadas, con cierta dosis de una ridiculez sin sentido, equivalente a confundir un dolor de piernas con las piernas de Dolores.

Corresponde a las autoridades pertinentes “desfacer” semejante entuerto.

Las bandas de guerra de los colegios capitalinos Mejía, Montúfar y Militar Eloy Alfaro han exhibido en ocasiones anteriores su gallardía, marcando marcialmente y como es debido, el paso al compás de la instrumentación correspondiente, lógico… como esta magna conmemoración demanda. El desfile cívico conmemorativo cuyo antecedente es la erección a categoría de ciudad, ha dado cabida a otro tipo de manifestaciones culturales que bien canalizadas son dignas de encomio y del mayor aplauso, como el año anterior la participación de las bandas musicales del Instituto Luis Ulpiano de la Torre, de los colegios San Francisco y Sánchez y Cifuentes de Ibarra, la del Cuerpo de Bomberos de Quito y la de Formación de Soldados de Ambato, instancias donde los anfitriones debemos tributar un sonoro aplauso de agradecimiento y no ser presa de una apatía generalizada.

No al bochorno. Menos mal que el conglomerado de la red de maestros, al parecer, decidió no reeditar el comportamiento magistralmente bochornoso de hace un par de años, donde la mamarrachada (según calificó la ciudadanía) el irrespeto y la informalidad más deshonrosa hacia un acto cívico, fueron demasiado evidentes. Habrán revisado quizá el manual de Carreño, impunemente echado al olvido.

Veríamos que una vez descorreizados de tanto desatino e intromisiones irracionales, esta actividad de carácter cívico-patriótico torne a su cauce normal. Aspiro a que no sean los oídos sordos a los cuales alcance esta formal sugerencia, grato sería que nuestra querida ciudad ofrezca el ejemplo a seguir en su magna fecha clásica.