Las historias detrás del Día de Difuntos en Ibarra

Ibarra. En total silencio y con la cabeza agachada camina Luis Benítez por el cementerio San Miguel de Ibarra. El hombre usa un atuendo similar al de los sacerdotes; en sus manos lleva un pequeño libro de oraciones y un recipiente con agua bendita, elementos fundamentales para realizar los responsos, una tradición que tiene más de 100 años.

Luis dice que acude solo al camposanto para orar por los hermanos difuntos que han pasado de este mundo, a la eternidad.

“Hago esto hace más de 10 años, el pago es voluntario. Aquí lo que se intenta es ayudar a las almitas que necesitan de Dios, para que descansen en paz. Es una tradición muy antigua”, concluyó Luis, mientras continúa orando en más tumbas.

El hombre de blanca vestimenta es uno de los que se ganan la vida en un cementerio, en la época de difuntos, junto a albañiles, pintores, cantantes y campaneros que recogen unos cuantos dólares.

Para otros es un empleo. Luis y Alexander Cabascango son padre e hijo y llegaron al cementerio desde el Ejido de Caranqui. Hace 10 años en el sitio se ganan la vida pintando y haciendo trabajos de albañilería en las bóvedas. Esta vez una de sus obras fue pintar una pequeña casa construida sobre la tumba de un niño. Junto a la vivienda también se encontraban juegos infantiles en miniatura, que reflejan la inocencia del infante que ya no está en este mundo.

Al igual que ellos, Jhonny Yandún, de 24 años de edad, acude al cementerio hace siete años para arreglar las tumbas. El joven asegura que tiene de 30 a 40 clientes al día y cobra desde 3 dólares por pintar cruces. “Pinto las rejas y realizo obras de albañilería. Las ganancias son buenas”, agrega el muchacho quien está autorizado junto a casi 30 personas, identificadas con un carné, para laborar en el cementerio San Miguel de Ibarra.

En el otro extremo del camposanto se escucha la voz de Walter Pesántez cantando ‘Nadie es eterno en el mundo’ y ‘Yo te extrañaré’.

El ibarreño, junto a su esposa y tres hijos, llega al cementerio para dar serenatas a los difuntos.

“Las tres canciones cuestan 5 dólares. Es el tercer año que venimos a cantar y nos va muy bien gracias a Dios. Tenemos de 30 a 40 serenatas al día”, agregó.

Mientras Walter canta con la pista que escucha desde su celular, a través de un parlante, las lágrimas derraman por las mejillas de quienes aún no han superado la pérdida de allegados. Hernán Domínguez, administrador del cementerio San Miguel de Ibarra, mencionó que en el sitio están enterradas aproximadamente 14 000 personas.

Además contó que moradores de Yuracruz, Yura-crucito y Manzano Guaranguí, acuden al sitio a replicar campanadas que demuestran que están pendientes de su familiar y “el alma del difunto se hace presente”.

Luis Benítez mientras eleva oraciones en las tumbas de las religiosas Bethlemitas fallecidas en Ibarra.
Esperanza Martínez (c) acude cada 15 días a limpiar y colocar flores sobre la tumba de sus padres,Rosa Carrera y Julio Martínez.
Luis Cabascango (i) y su hijo Alexander cobraron 25 dólares por pintar esta casita, construida sobre la tumba de un infante.
Walter Pesántez y su familia acuden cada año a dar serenatas a los difuntos. Por tres canciones que interpreta, cobra cinco dólares.
En el cementerio San Francisco, más conocido como ‘de ricos’ se encuentran los restos de aproximadamente 5 000 personas.
En algunas tumbas no se depositan flores ni las visitan. Sin embargo en todo el cementerio San Miguel se realizó una minga.