Las historias de vida que palpitan en el mercado

Ibarra. “Venga mi amorcito”. “Venga mi tesorito”. “Qué se va a servir mi vida”. Son solo tres de las tantas frases que se escuchan a diario y con las que las comerciantes del comedor ubicado en la parte cerrada del mercado Amazonas dan la bienvenida a sus clientes.

Sello de presentación. EL NORTE se “internó” en ese mundo casi desconocido. La buena atención, productos frescos y la presentación e higiene del lugar son los sellos de presentación de este comedor que existe desde hace más de 40 años.

Desde que se ingresa al lugar, cualquier ciudadano recibe un buen trato y precios especiales. En este comedor se puede encontrar almuerzos completos desde dos dólares y si se trata de hornado, hay caseritas que, sin ningún problema, acomodan platos de 1,50 dólares.

Historia. Detrás de cada comerciante hay una historia que contar.

Por ejemplo, Lorena Wila, una esmeraldeña de 33 años de edad, llegó a los 18 años a la Ciudad Blanca.

Se enamoró de Ibarra y se quedó a vivir y a luchar en la capital imbabureña.

Para preparar sus platos, hace una mezcla de productos de la Costa y la Sierra. El objetivo ofrecer sabor y variedad.

Mientras ella prepara los alimentos Manuel Perlaza, su sobrino, tiene flamantes, limpias y bien ordenadas las mesas. Es el encargado de informar a los clientes qué platos les pueden ofrecer y también quien se encarga de servirlos.

Personajes. También están quienes heredaron la tradición de sus madres y abuelas. Elena Rivadeneira y Luzmila Casbascango están más de 30 años en el mercado. Ellas se dedican a la venta del tradicional hornado. Doña Elenita, como cariñosamente la llaman sus clientes, prácticamente creció en el mercado, desde que éste funcionaba en lo que hoy en la actualidad es la Plazoleta Francisco Calderón, ella ya ayudaba en el negocio de su madre.

En cambio, Luzmila Cabascango es la tercera generación de su familia que se dedica a la venta del hornado. Ella, madre soltera de cuatro hijos, mencionó orgullosa que gracias a su negocio y a su trabajo honrado ha logrado sacar a sus hijos adelante.

“Vengo porque el trato es muy bueno, me gusta la comida rica. Además los precios son muy cómodos, ya que se come bien y con poco dinero”, mencionó Carmen Chicaiza, quien desde hace 30 años acude a este lugar en busca de algo bueno para servirse.