La Revolución Sandinista

david ruizEl 19 de julio de 1979, hace 35 años, triunfó la Revolución Sandinista en Nicaragua. El dictador Anastasio Somoza Debayle -cuya familia, apoyada militarmente por Estados Unidos, ejerció el poder durante 45 años a punta de robo, sangre y fuego-, fue expulsado del poder por los guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El FSLN, fundado en 1962, intensificó su lucha armada en 1974, luego de un largo y silencioso proceso de acumulación de fuerzas basado en la concientización del pueblo. Fueron 50 mil los muertos durante el conflicto armado. Somoza, para infundir terror en la gente, ordenó  el exterminio de pueblos enteros. En 1979, yo tenía 16 años, y me impresionó mucho ver en la televisión, la manera fría y cobarde cómo un militar somocista asesinó en plena calle al periodista Bill Stewart, el 20 de junio de ese año. Ese crimen fue repudiado en todo el mundo. Hombres, mujeres y niños eran asesinados sin misericordia. El caso del “niño revolucionario”, Luis Alfonso Velásquez Flores (10 años), es emblemático: le dieron un balazo y luego le pasaron un camión por encima.
El pueblo ecuatoriano también puso su aporte en la lucha del FSLN contra la tiranía somocista, pues, acogió con los brazos abiertos a los delegados sandinistas, quienes viajaban por el mundo recabando la solidaridad internacional para su causa. Comités de solidaridad se formaron por todo el país. “Yo sé que allá en Nicaragua hay muchos niños que no tienen qué comer. Entonces yo le traigo el azúcar y el arroz de la provisión. Ya veremos cómo le damos de comer a mis nietos, porque nosotros sí tenemos cómo buscarlo. Yo sé que no es mucho, pero quiero que usted se los lleve”, le dijo una ancianita ecuatoriana a Roger (sandinista encargado de buscar ayuda en Machala), quien tenía atrapada la garganta por la emoción y no pudo reprimir las lágrimas. Se inclinó para abrazar el cuerpecito enjuto de la anciana, y musitar un “muchas gracias”. La mujer tomó la mano de su nieto, dio la vuelta y se fue. Luego se volvió y le gritó al sandinista: “¡No se rindan!”. Y los sandinistas, no se rindieron.

David Ruiz Sevilla
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