la otavaleñidad de don Alfredo

juan ruales

No hay muchos otavaleños que practiquen la otavaleñidad como lo hizo Don Alfredito Montalvo, como yo lo llamaba. Unos ni siquiera saben de la otavaleñidad, otros lo saben pero la desdeñan;  otros sabiéndola, practican más bien lo contrario, una antiotavaleñidad grosera y grotesca, insoportable.Para mí, la Otavaleñidad no es otra cosa que el amor a Otavalo, pero no el amor platónico, sino ¡el amor hedónico! No el amor inevitable que todo el mundo siente por instinto de territorialidad, sino el amor militante en el que se le demuestra a Otavalo cuánto se le quiere, más que en palabras, en acciones; aquel amor que deja huellas, incluso heridas; pero siempre deja algo trascendente en todos los ámbitos de la vida de la ciudad; desde los intelectuales que la estudian y la cantan, hasta quienes amasan su pan incomparable, cuyos vestigios casi han sido borrados por el abundante pan globalizado que no nos toca comer inevitablemente.

Uno de esos otavaleños de otavaleñidad telúrica fue, es y será siempre Don Alfredito Montalvo. De al menos tres generaciones anteriores a la mía, mi amistad con Don Alfredito se inició en los tiempos del naciente Instituto Otavaleño de Antropología que funcionaba a “punte” sueños  en la parte posterior del edificio municipal. Yo era adolescente aun cuando Plutarco Cisneros me permitió publicar en su mimeógrafo un poemario inolvidable de la poetisa argentina Elsa Pascuali. Luego, en 1980 la amistad con Don Alfredo se fraguó en el Comité del Yamor cuando en mi calidad de Director, le consultaba a Alfredito sobre otavaleñidades que yo no conocía y de las que él era ducho. Luego me ayudó a quichisuar los nombres de muchos eventos y desde entonces, todos los encuentros eran amenizados por un inmenso abrazo, cuyo calor me quemará por siempre. La muerte es una otavaleñidad que perpetúa los recuerdos de otavaleños profundos y Don Alfredito no fue, ¡es!  uno de los mejores que he conocido en mi vida . 

 

Juan F Ruales
juanf_ruales48@hotmail.com