La obra de la perfección

En todos los tiempos se ha reconocido que el hombre no es sólo la obra más perfecta de la creación divina sino también el resultado de la evolución. Estas dos teorías en vez de contraponerse se complementan entre sí, puesto que Dios le dio un cerebro y el tiempo desarrolló su inteligencia para que pueda discernir entre lo bueno o lo malo de una situación.

Dios le proporcionó un corazón y el tiempo le enseñó a amar u odiar a alguien. Dios le suministró un par de manos y el tiempo le instruyó a construir o destruir algo. Dios le dotó un par de piernas y el tiempo le habilitó a avanzar o retroceder en el camino.

Sin embargo, la posibilidad de que el hombre pueda elegir entre dos opciones, le permite acertar o equivocarse al tomar decisiones, ser fuerte o débil al enfrentar un problema, facilitar o dificultar un proceso, actuar rápido o lento en un suceso, etc. Obviamente, existen otros factores que influyen en una persona para escoger lo uno o lo otro, y es eso lo que hace que los seres humanos no seamos infalibles, y que cometamos errores. Las equivocaciones, faltas e injusticias en contra de los demás nos vuelven imperfectos, pero está imperfección es la que nos debe motivar a ser mejores cada día, levantarnos de las caídas, transformar las debilidades en fortalezas, y convertir los problemas en oportunidades. No olvidemos que Dios creó al hombre como la obra más perfecta, pero sus malos pensamientos, sentimientos y acciones son los que le vuelven imperfecto.