La leyenda de Isapí

Cuenta la leyenda en el oído atento de los niños, una historia que se ha guardado en la memoria de los abuelos, siglos de siglos.

En un lugar, allí “por donde se acercan las aguas del Paraná, y el Uruguay antes de volcarse en el gran estuario del Plata, en la tierra cortada en islas entre los dos grandes ríos, estaban las tribus de los indios guaraníes a la llegada de los conquistadores. Allí y más al sur, en las tierras que rodean a Buenos Aires, y más al norte, en los bosques de las orillas de los ríos”.

Así comienza la historia contada de boca en boca, sobre una mujer que se convirtió en manantial, para que todas las generaciones la cuiden, ya que la felicidad de los otros sean las lágrimas perennes de la hermosa Isapí.

La joven era dura e indiferente, nunca había llorado. Ni las tragedias, ni las desdichas de ancianas y madres, movían su corazón; “no había nacido para amar” decían los conocidos de su padre, el cacique de la tribu.

Para ahuyentar la malaventura era preciso que Isapí llore. Una mujer invocó a Añá, el señor de las tinieblas, y dijo: “Añá permite que Isapí que no se ha compadecido nunca, no sea abuela ni madre. Añá, permite que esta mujer que nunca ha llorado, llore siempre”.

Desde entonces, la figura de Isapí es un árbol de las selvas tropicales y de sus hojas brota un rocío que refresca. Es la doncella que siempre llora y que su llanto hace el bien a los demás.