La Iglesia y los jóvenes

La Iglesia con el actual Sínodo realizado en Roma busca escuchar y valorar a los jóvenes para reconocer sus valores y con discernimiento vocacional puedan integrarse en una evangelización en el mundo de hoy. Los jóvenes son la mayor reserva de un país. En los jóvenes se encuentra el futuro de todos los desarrollados y progresos del país. La cultura, la ciencia, nuestra idiosincrasia, nuestras costumbres, la manera de relacionarse y hasta el lenguaje, depende, en buena medida, de los jóvenes.

Por eso, tenemos que cultivar la juventud.

Tenemos que apoyar a nuestros jóvenes, permitirles que tengan alas para volar, mente amplia y clara para discernir y voluntades muy definidas y fuertes para decidir. Las semillas que sembremos en los jóvenes no se perderán. Lo importante es que siempre estas semillas encuentren el cariño, la compañía y el calor humano de quienes caminamos con ellos. Estar al lado de los jóvenes es un privilegio. Uno se rejuvenece, uno siente la energía de ellos y se entusiasma, uno vuelve otra vez a tener espontaneidad perdida. Con los jóvenes uno es capaz de arriesgarse, de seguir adelante a pesar de las caídas y las dificultades. Los jóvenes nos enseñan a perdonar y reconciliarnos, a vivir no tanto del pasado ni del futuro, sino del presente. La juventud es un tesoro que hay que cultivar y conservar. No se pierde la juventud con el pasar de los años, sino cuando dejamos que nuestro corazón, nuestra sensibilidad, nuestros sentimientos, se envejezcan, se vuelvan sin sentido ni sabor, pierdan su lozanía y humanidad.