La elección infame

El 5 de junio es una de las fechas más trascendentes de las últimas décadas para los ciudadanos peruanos, pero también les representa una situación inoportuna.

Están obligados a elegir el destino de su gobierno, aún cuando preferirían quedarse así como están, con un país que se aprecia estable en lo político y reluciente en lo económico.

El acto electoral es la festividad máxima de la democracia. Es cuando el elector decide la alternancia del gobierno y confía el rumbo a los mejores postulantes. Pero para muchos peruanos no hay suficientes motivos para celebrar, ya que este proceso electoral generó intranquilidad y ansiedad.

Tendrán que elegir entre dos opciones que la mayoría no escogió, entre visiones políticas contradictorias y opuestas, justamente, cuando Perú no aparenta requerir cambios ni necesidad de virar hacia la izquierda o la derecha. Un alto porcentaje de peruanos teme elegir a la candidata Keiko Fujimori porque no brinda suficientes garantías de que se alejará de los pasos autoritarios de su padre, el ex presidente Alberto Fujimori, actualmente en prisión. Pero otra mayoría también teme que los cambios “audaces” que promueve el candidato opositor, Ollanta Humala, son los mismos que busca Hugo Chávez para toda América Latina, aunque ahora insista en que su modelo se basa en el de los brasileños Lula da Silva y Dilma Roussef. El presidente Alan García, que experimentó las antípodas del poder y de las ideologías, gobernando mal y con hiperinflación desde la izquierda en su primera presidencia, y mucho mejor con una economía abierta desde la derecha en este segundo período, comprende muy bien el temor de sus conciudadanos. Fujimori y Humala trajeron a escena un bagaje oscuro y muchas interrogantes en materia política. Por eso, más allá de sus sistemas económicos que navegan desde el neoliberalismo al nacionalismo, se les obligó a que se comprometieran con los valores democráticos. Debieron reconocer que el respeto a las instituciones, a la libertad de prensa, los derechos humanos  y la transparencia del gobierno, es la única forma válida para profundizar la la inclusión social, achicar la brecha de la desigualdad y ganar credibilidad para atraer inversiones.

 Ricardo Trotti
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