La crueldad del desarraigo (2)

Sea como fuere, a mi juicio, aún no hemos aprendido a conjugar el poético verbo amar, en todos los tiempos y para todas las edades, y hoy más que nunca lo necesitamos practicar para reconducir nuestro propio sentido humanitario, para con nosotros mismos y los que caminan a nuestro lado. Uno vive del donarse y del acogerse. Acá es donde se anida todo. En consecuencia, nos urge entendernos, saber tender la mano, y ponernos a trabajar en favor de los emigrantes y refugiados, primero para salvar sus vidas y luego para proteger sus derechos, compartiendo esta responsabilidad a nivel global; sin eludir que la crueldad del desarraigo es algo tremendo. Ciertamente, es una manera de morir en vida. Toda la especie, por tanto, estamos llamados a aligerar la carga de la dureza del exilio, a poner nuestra mirada más allá de nosotros mismos, y ver que nos necesitamos todos para poder armonizar los caminos del mundo.

Esta es la cuestión, y este proceso ha de incluir en su primer nivel más corazón que coraza, puesto que todos formamos parte innata de esa única familia humana, con la que hemos de armonizar el más sublime de los poemas. Al fin y al cabo, somos ese verbo que nada dice sin ser fusionado en todos los pronombres, pues es el conjunto de nuestras humildades lo que adjetiva la emoción por vivir y por templar las atmósferas de sueños. Indudablemente, el mejor de los ensueños es transitar por los caminos de la autenticidad. Esto es lo que nos acerca y nos hace mejores ciudadanos.