La campana que dejó de sonar en El Ejido de Caranqui

Ibarra. En la esquina de las calles Los Saleros y Manuela Espejo, en el sur de la ciudad, se encuentra una vetusta iglesia que divisan propios y extraños, al ingresar a un populoso barrio de la capital imbabureña. Su avanzado estado de abandono se volvió normal para los vecinos.

Diagnóstico. Ya no existe la campana, sus vidrios están rotos, la puerta grafiteada, sus paredes sucias, los jardines abandonados y un par de muebles carcomidos dentro de lo que fue la sacristía. Moradores del sector sienten preocupación cada vez que pasan por este sitio, pero afirman que no saben a quién le corresponde hacerse cargo.

La realidad. Este diario buscó la versión de Mario Es-pinoza, presidente del barrio El Ejido de Caranqui, quien es nativo de este tradicional sector.

Según le había narrado su padre, dicha edificación se terminó de construir en 1949, en terrenos donados por Manuel Reina y su esposa, Laura Cifuentes.

Se la conoce como Capilla del Naranjal y está localizada en el límite de El Ejido de Caranqui y el barrio El Naranjal.

“Todos los domingos se celebraba la misa, con autorización del párroco del lugar. Han pasado muchos años y luego del fallecimiento del señor que donó el suelo, el pequeño templo fue entregado a las madres dominicas cuyo convento está situado en el mismo sector”, indicó Espinoza.

Esta decisión fue tomada en el barrio, después de que descubrieron que los ladrones se sacaban las piezas religiosas. “En ese tiempo las calles eran empedradas y no había muchas casas”.

Espinoza se empoderó de este sitio con un proyecto presentado a Patrimonio, para intentar restaurar este inmueble, pero recibió la noticia de que “la gestión debe hacerla en Quito”.

El presidente del barrio a-firmó que en el caso de tener un acercamiento con las Madres Dominicas y se decida restaurar la capilla, el primer paso es pedir la autorización del padre Gon-zalo Flores, párroco de Caranqui, para su ejecución.

Testimonio. Rosa Bedón recuerda los días de su infancia, cuando en procesión acudía a las misas dominicales. La capilla tenía unas bonitas imágenes y la administración estaba a cargo de la difunta Hermidia Gudiño y su hijo.

Leyenda urbana. Una fuerte lluvia provocó la crecida del afluente que pasa por debajo del puente, conocido como Guayaquil de Piedra, e inundó gran parte de ese sector, sin embargo, el agua no tocó el terreno de don Reina y en agradecimiento a la Virgen de Lour-des se edificó esta Capilla. Esta es la versión, conocida y compartida por Sor María Josefa, superiora (segunda al mando) del Convento de las Madres Dominicas.

Diario EL NORTE pudo acceder a su claustro para conocer la versión de sus propietarias.

“Son aproximadamente 50 años desde que se nos donó la capilla”.

Cuando estuvo Monseñor Walter Maggi, la edificación se entregó, en comodato, para que se haga cargo la Curia.

Posteriormente, Monseñor Iván Minda les devolvió la propiedad.

“Está en nuestras manos pero nosotras no disponemos de dinero para habilitarla y nos da mucha pena”, dijo la religiosa.