Me indignan las continuas historias de injusticia y crueldad que nos desbordan, el atropello de tantas vidas humanas que son explotadas a diario, los incesantes guiones despreciativos de la gente, la prepotencia de algunos líderes que se sirven de los más desvalidos, la de esos moradores convertidos en auténticos depredadores de las riquezas naturales, los asentamientos israelíes en territorio palestino que son una violación flagrante y que a pesar de haber sido condenados repetidamente por la comunidad internacional continúan activados, o esos países ricos como España, donde muchas gentes viven en la pobreza generalizada…

A estas diversas situaciones ilícitas, cada vez más habituales y que se extienden como la pólvora, hay que injertarles en vena el más profundo rechazo, con otro espíritu más donante, sin dejar a nadie al margen de nada. Nos hemos globalizado pero no nos hemos hermanado. No hay sentido de familia.

La humanidad se ha deshumanizado y sólo coexiste en función de don dinero. Hemos de despertar y volver nuevamente a cuidar el hábitat y a protegernos de nosotros mismos.

Tampoco hay tiempo que perder y la vida es un camino en el que todos hemos de contar y poder vivir. De nada sirven los derechos humanos si permanentemente los violamos.

Hay que oponerse a toda forma de discriminación y dominación entre las diversas culturas.