28-03-2019 | 00:00

Una vida dedicada al tejido en el telar

Juan Tenesaca mencionó que el oficio lo aprendió de su padre a la edad de siete años y que la gente no quiere dedicarse a esto porque dicen que “ganan muy poco”.

Cañar. “Sin mezquinar la fuerza, así se teje”, dice Juan Tenesaca, el último kichwa cañari que maneja el telar en la comunidad de Manzanapata, en el cantón Cañar.

Sentado en una habitación de su humilde vivienda, y a sus 79 años, don Juanito aún teje. Sabe confeccionar ponchos, cushmas, macanas, chalinas, alforjas, tapetes, bolsos, cachimires y hasta muñecos pequeños para llaveros. Sin embargo, lamenta que en la actualidad este oficio no sea muy valorado. “La gente no compra mucho, los turistas que llegan a Ingapirca compran un poco y cuando salimos a las ferias ahí sí se vende un poco más”, señala el hombre a Diario El Tiempo.

Pero “hay que seguir tejiendo, algo sí sale, y como estar en balde mejor estoy haciendo este trabajito”, dice don Juanito mientras teje un juego de alforjas de color rojo, en un telar instalado en su vivienda de adobe. En este tejido se demora un día y medio, obtiene tres bolsos y vende a 12 dólares cada uno.

Vivencias. Don Juanito aprendió de su padre este oficio, a la edad de siete años. Pero él ha tejido su propia historia. De entre sus anécdotas recuerda que cuando era joven lo llamaron para que trabajar en el Banco Central de Quito y representar a los tejedores cañaris, quienes se caracterizan por su trenza. “Pero yo no tenía pelo, entonces mi hermana hizo una peluca y amarrando en el pelo me fue llevando mi papá”, cuenta don Juanito, y recuerda aquella experiencia como el inicio para dar a conocer su trabajo en el telar.

Su sabiduría le permite tejer diversidad de diseños que lleva plasmados en su mente. Una de las técnicas es el tejido de las fajas o chumbis donde los colores se entrelazan de tal forma que se observa el mismo diseño en ambas caras.

El tejedor ha impartido talleres para enseñar su oficio, sin embargo, lamenta que la gente no quiere dedicarse, “hacen como pasatiempo, porque dicen que ganan muy poco”.

Don Juanito comparte su trabajo con su esposa, quien es la que se encarga del hilado de la lana. “Aquí en Cañar es la costumbre que las mujeres hilen y los hombres tejen, vuelta en Gualaceo las mujeres y los hombres tejen”, subraya.

Asegura que la lana de borrego la trae de Riobamba por un valor de entre 300 y 400 dólares.