10-06-2019 | 00:00

Lleva una vida de miseria

El hombre cuenta que tuvo un hijo pero murió y que pudo haber sido millonario, pero el dinero se le esfumó de las manos y ahora su techo es un simple plástico.

Ibarra. Desde el puente del barrio La Victoria se logra divisar a un anciano que no supera el 1,50 metros de estatura. Él en un pequeño espacio a pocos metros del no cristalino río Tahuando, siembra frutas.

El hombre que se veía muy diminuto a lo lejos, labraba la tierra con una pala que superaba su tamaño. Mis intentos por llamar su atención eran vanos y opté por silbar, aunque no tan fuerte, y levantar mis brazos, después de unos minutos alzó su mirada, evidenciando que tiene una excelente visión y que escucha con claridad.

Le hice señales para que me dijera por donde acceder a su morada, un pequeño espacio hecho con plásticos y palos. Con las manos me indicó el camino, pero cinco canes nada amigables ladraron a todo pulmón, como advirtiendo que ese era su territorio, y no debía invadirlo.

Le pedí al señor que subiera hasta un graderío en uno de los extremos del puente, y luego pude ver como ascendía ayudándose con su pala y resguardado por su jauría de perros.

Luego de varios minutos llegó al puente junto a sus mascotas. Él me pidió que me acercara y me sentara a su lado. El diálogo empezó y lo primero que hizo fue contarme que nació en Pimampiro en 1943, en un sector llamado Aloburo.

Yo quería saber su nombre y con toda lucidez dijo que es Segundo Humberto Pérez.

Me miraba fijamente, pero con ojos de ternura y demostrando alegría por mi presencia, mi primera pregunta fue por qué vivía ahí y el me respondió que no tenía mujer porque es enfermo de su rodilla, que se lesionó en un partido.

“Yo era futbolista y de una patada quede así”, dijo mientras se alzaba la basta de su pantalón para mostrarme una rodillera deteriorada, que sujetaba con un cordón negro.

Él insistió en contarme su vida y me invitó a sentarme en el graderío, que está junto al puente, mientras sus perros me miraban, como advirtiendo a su amo mi presencia. “Quietas lobinas, quietas”, dijo refiriéndose a los canes, los cinco tenían el mismo nombre.

Su vida. Empezó el relato con indignación y dijo que su mujer le había traicionado mientras el trabajaba sembrando.

“Me casé guaguito, a los 15 años. Ella no quería seguirme con la comida al trabajo, decía que se cansa. Yo pienso que me traicionó porque ya no podía responder a sus gustos, su ropa, sus zapatos. Un día no me fui a trabajar y me quedé espiándola. Un señor entró a mi casa con una guitarra, como me había dicho la vecina, sólo se oían risotadas y entré, estaban en mi cama”, dijo, asegurando que él entró y le pidió que recogiera sus cosas y se fuera y que él se quedaba con su hijo, que aún no cumplía un año.

“Ella agarró su costal y se fue, yo lloraba junto con mi hijo, el no tomaba nada más que el seno, no podía criarle. Llorando, llorando viajé hasta donde un ‘brujo’ en Ilumán, me dijo que mi hijito extrañaba a la mamá y ahí le vio que ella estaba en Quito, me regaló 50 sucres y me fui a buscarla”, mencionaba mientras sus ‘lovinos’ me rodeaban.

Contó de principio a fin el encuentro con su esposa en un barrio de la Capital, y como entregó a su hijo que se lanzó a tomar la leche materna, pero murió luego de pocos minutos.

De ahí dijo se dedicó a buscar rumbo. Fue a Atuntaqui a visitar a un tío que le dejó a cargo de su mujer y su suegra, ambas postradas, y que la suegra de su tío tenía más de 100 años y murió y aprovechó para llevarse unas Ayoras que guardaba en una caja y les vendió en Ibarra.

Con tono de picardía relató que llegó a la ‘Ciudad Blanca’ caminando y vendió las monedas antiguas a muy buen precio. “Era una maleta llenita de plata, yo era un millonario. En el Obelisco cogí un carro y me fui a Quito, luego a Loja y ahí se acabó mi riqueza, fui a trabajar moliendo caña en un trapiche en Cariamanga, y Lucrecia (una vieja amiga lojana que conoció en Pimampiro) se me llevó todo, me quedé a pie”, además recordó que en ese lugar conoció al expresidente de Perú, Alberto Fujimori, a quien obsequió un dulce.

Vivencias. Mientras conversa saluda a todos los vecinos del sector, e intenta matar los insectos que pican sus pantorrillas. Dice que llegó a Ibarra luego de que aquella mujer le arrebató su riqueza, y se internó en la orilla del río Tahuando. En ningún segundo de la charla su rostro denota tristeza o intenta dar lástima, más bien me invita a conocer su aposento, a donde llegó mucho antes que se cree el barrio La Victoria. Por un camino a desnivel y lleno de vegetación don Pérez accede a su vivienda, un pequeño espacio que no puedo calcular en metros, en donde no tiene nada más que una cama. A pocos metros están sus sembríos de aguacate y maíz y las tres casas que le regalaron para sus ‘lovinos’.

Dice necesitar con urgencia leña para cocinar y asegura que utiliza el agua del contaminado río. “Ele así vendrá a visitarme, aunque no tenga nada que ofrecerle”, dijo.

Su rostro se apagó cuando mi compañero fotógrafo y yo nos marchamos, prometiendo regresar con ropa y alimentos. Mientras que para nosotros su hogar es un sitio inhabitable, sin servicios básicos ni comodidad, para él es su vida, el espacio en donde transcurren sus días en medio de la indigencia, y a donde las autoridades no llegan.

Don Pérez siguió labrando la tierra y se despidió con tristeza.