20-10-2019 | 09:48
(I)

¡El fuego y la memoria!

“Se quema el páramo de Angla en Imbabura, testigo del paso de las tropas del Libertador Simón Bolívar en 1823, y duele la desmemoria.

Ibarra. Existe en Jerusalén una pequeña capilla construida en 1930 sobre los restos de un antiguo templo bizantino. Se llama Dominus Flevit que, en español, significa “el Señor lloró”. Conmemora el momento en que Jesús, desde el Monte de los Olivos, contempló la ciudad minutos antes de su entrada triunfal. – “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! Si al menos hoy conocieras el mensaje de paz que viene hasta ti (...) días vendrán en que te sitiarán y te atacarán por todas partes y no dejarán de ti piedra sobre piedra...” Así narran los evangelios el lamento y el anuncio de Cristo sobre la futura destrucción de la ciudad. A golpes de ariete, los romanos entraron en Jerusalén, la saquearon e incendiaron el templo construido por Herodes. Era el año 70 D.C.

Historia. Dos años antes, moría el emperador Nerón Claudio César Augusto Germánico. Con apenas 27 años, este mozalbete había sembrado el terror cuando, de acuerdo con la tradición, provocó el incendio de Roma. La leyenda susurra que el emperador tocaba la lira mientras ardía la Ciudad Eterna. El escritor polaco Henrik Sienkiewickz describió en su célebre novela “Quo Vadis” el drama de los cristianos acusados por Nerón de haber provocado el incendio. Era el año 64 D.C

Algo más. La sangre y el fuego dominaron la historia de Occidente en la baja y alta edad media. Pero el advenimiento de la edad moderna poco cambió la historia. Creyendo ver los rastros del diablo, el arzobispo Juan de Zumárraga quemó cientos de códices mexicas y redujo a cenizas una cultura milenaria. Por fortuna, no todos los religiosos llegados al Nuevo Mundo eran así. Gracias a Fray Bernardino de Sahagún se salvó gran parte de la memoria y de la lengua náhuatl. En su “Historia general de las cosas de la Nueva España”, Sahagún otorga voz a los vencidos por el nuevo orden geopolítico. Eran los años de 1521 a 1580.

Escritos quemados. Siguiendo la huella fanática de Zumárraga, el Corregidor de Ibarra ordenó quemar en la plaza pública el manuscrito de la “Historia de las guerras civiles de Atahualpa con su hermano Huáscar” escrito por el cacique Jacinto Collahuazo, natural de Otavalo. En su sentencia, el Corregidor escribió que ordenaba la quema porque Collahuazo había escrito “cosas que no conviene que sepa un indio”. Eran los inicios de los años 1700.

Indios danzantes bailaban alborozados en el atrio de la Iglesia del Sagrario de Quito celebrando la fiesta de las ánimas. Un volador torció su trayectoria en el aire, estallando en el tejado de la vecina Universidad Central. En cuestión de minutos, el fuego lo devoró todo, hasta los restos de un mamut encontrado en tierras ecuatorianas. Las campanas de Quito doblaron a duelo por la cultura. Era el año 1929.

Reflexión. No hay un dolor más grande que otro. El fuego arruinó el retablo de San Francisco Javier en La Compañía de Quito un 31 de enero de 1996 y dolió. Se quemó Notre Dame de París este año y dolió más fuerte. Se quema el páramo de Angla en Imbabura, testigo del paso de las tropas de Bolívar en 1823, y duele la desmemoria. Se quema la Amazonía y duele inmensamente la impavidez de un mundo que no es capaz de detener a Bolsonaro, el Nerón moderno. Quizás este mundo decrépito llore cuando, como en Jerusalén, no quede piedra sobre piedra.