08-12-2018 | 10:20
(I)

Albergue municipal, un refugio para los migrantes

En el sitio hay camas y duchas para quienes no tengan un lugar donde pasar la noche. En los últimos meses la mayoría de sus ocupantes son venezolanos.

Ibarra. Antes de las 19:00 la vereda del Albergue Municipal, ubicado en las calles Olmedo y Mejía, comienzan a llenarse. Ciudadanos extranjeros y oriundos de Ibarra, aguardan la hora en que abran el sitio para poder descansar.

La leve llovizna que caía la noche de este jueves parecía no afectar a quienes se agruparon en el sitio.

El cansancio de los ciudadanos era evidente, unos cargaban fundas, otros mochilas y, algunas mujeres, llevaban cobijas. Esta noche todos eran ciudadanos venezolanos y colombianos, algunos eran nuevos en el sitio y, la mayoría, ya sabía la modalidad del hospedaje.

Administración. Las puertas en el espacio se abrieron. Eduardo Revelo, administrador del sitio, llegó en una motocicleta para recibir a los ciudadanos. La mayoría ingresó únicamente saludando y otros, aguardaban en la puerta para ser registrados. Antes de entrar deben cumplir con un proceso y un registro para evitar que ingresen con armas, objetos cortopunzantes, bebidas alcohólicas o sustancias estupefacientes. “El mes pasado acogimos a 113 personas y en octubre a más de 70. Antes teníamos el apoyo de una fundación que brindaba alimentos a las personas. Aquí tenemos cuatro dormitorios y duchas de agua caliente. Se les recomienda que duerman temprano para que tengan un mejor descanso”, aseguró Revelo que está a cargo del sitio desde febrero de 2017.

Realidad. Quienes ya han estado en el sitio entran presurosos, ya que en la mañana dejaron sus pertenencias en el lugar.

Unos optan por tomar una ducha, otros se acuestan, algunos conversan en el patio y otros pocos lavan su ropa y cobijas, que son entregadas en el ingreso.

Todos conocen las reglas, nadie puede dormir con sus parejas, ni invadir el resto de cuartos. Las mujeres son ubicadas en un solo espacio, mientras que para los hombres existen tres dormitorios, que deben abandonar todas las mañanas hasta las 07:00.

La mayoría se acuesta pronto, el cansancio del día no les permite socializar con el resto de albergados en el lugar. Se escuchan voces en los pasillos, pero no existe bulla. En el sitio no pueden existir enfrentamientos ni problemas, la buena convivencia es una de las claves para el lugar permanezca en orden.

Realidad. Quienes esperaban en las afueras todavía, aún no estaban registrados. Para su ingreso debían esperar a llenar una ficha y ser requisados por miembros de la Policía Nacional.

Una pareja comentaba que llegaron hace casi un mes a Ecuador y que recorrieron Quito en busca de un trabajo, pero no encontraron nada. La joven pareja dejó dos niñas en Venezuela y escucharon que en el albergue podían pasar la noche.

“No hemos encontrado trabajo y el objetivo era que a finales de diciembre nuestras hijas pudieran venir”, mencionó el hombre mientras acomodaba varias cobijas y maletas esperando ser registrado.

Otra pareja estaba sentada en la vereda del frente. Ellos aseguraron que ya están dos semanas en el lugar porque la mujer está embarazada, pero ya recibieron la advertencia que debían abandonar pronto el sitio.

El hombre manifestó que aquí gana aproximadamente 5 dólares diarios vendiendo caramelos y su mujer no puede trabajar por su estado. “Cuando me manden del albergue, dormiré en el parque”, dijo.

Luego de unos minutos la llovizna paró. En el inmueble parece no transcurrir el tiempo y quienes pasan por el albergue no tienen idea de lo que sucede en el sitio en donde duermen ‘los que no tienen nada’.