13-03-2019 | 11:52
(I)

14 meses de labor de Carmen Carcelén y el apoyo no ha llegado a El Juncal

La mujer asegura que lo único que ha recibido en este tiempo es el rechazo de las autoridades, ya que le acusaron de ser tratante de personas.

Ibarra. Con las mismas palabras y el mismo ánimo de hace 14 meses, María del Carmen Carcelén continúa atendiendo a los migrantes venezolanos que llegan a pie hasta la comunidad El Juncal, en el Valle del Chota.

La mujer dice que se cansó de dar declaraciones y de contar su situación, ya que a cambio no ha recibido en su casa a ninguna autoridad o persona bondadosa que le tienda la mano para poder seguir dando posada a quienes, luego de un largo viaje, llegan a su vivienda para tomar un descanso.

Sus ojos se nublan de tristeza cuando recuerda la visita de la exgobernadora, Marisol Peñafiel, el último 18 de agosto. Ella pensó que venían a apoyar y ayudarle en su gestión humanitaria, sin embargo solo tuvo una discusión con Peñafiel y varios miembros de la Policía Nacional.

Testimonio. “Junto al intendente buscaron la forma de culparme de trata de personas para poder incriminarme y meterme a la cárcel. La gobernadora me pidió que cierre las puertas de mi casa porque no era habitable para los venezolanos y ahí hubo una discusión. Yo le dije que voy a hacer esto hasta cuando me quede el último respiro de mi vida. A veces ya no sabemos de donde sacar recursos o donde hacerles dormir, pero seguimos en la lucha; si hay venezolanos en las calles, en mi casa saben que son bienvenidos”, comenta Carmen o como le llaman los migrantes ‘Carmela’ o ‘Candela’.

La mujer menciona, mientras una niña de un año tose y llora, que la condición física en la que llegan los migrantes es deprimente y dolorosa.

“Vienen acabados psicológicamente, con frío, con hambre, lastimados, no tienen ni una cobija. A veces llegan sin zapatos y sin ropa, vienen totalmente destruidos. Las autoridades se preocupan por si de pronto me dejen matando o robando, pero es absurdo, los venezolanos no tienen ánimo ni fuerza ni para cargar su propio cuerpo. En mi casa jamás se ha perdido nada, si muero lo haría feliz porque estoy haciendo el trabajo de Dios en la tierra”, comentó.

Desde la ola migratoria de los venezolanos la vida de la mujer cambió radicalmente su rutina, la de sus hijos y su esposo, es ahora enmarcada en la solidaridad. Sirven a todos y con mucho cariño, los alimentos y luego se sienta a escuchar sus historias. En ocasiones lloran por las tragedias que han sorteado en el camino, ya que la mayoría han cruzado a pie las fronteras.

Luego de atenderles, brindarles una cama y ducha para que se sientan ‘como en casa’, también se preocupa de su salud y su situación legal. Si llegan enfermos les traslada hasta el Subcentro de Salud y, quienes continúan su camino, reciben pasajes y asesoría de cómo legalizarse.

Este grupo de hombres llegaron hace tres días. José González (d) tiene lastimada su rodilla y pies.
Este grupo de hombres llegaron hace tres días. José González (d) tiene lastimada su rodilla y pies.

Testimonios. Ana, de 18 años, sostiene a su bebé entre los brazos. Mientras escucha los consejos de Carmen, trata de calmar la inquietud de la menor que luce notablemente enferma y agotada.

“Lo único que les pido es que no me hagan quedar mal. Si tienen hambre o necesitan ayuda, pidan, pero no cojan nada que no sea suyo, por favor”, repetía Carmen a pocos metros.

La joven, que no terminó la secundaria por su embarazo, dijo que llegaron a la comunidad la noche del lunes, luego de tres días de intensa caminata junto a su pareja. La bebé viajó la mayoría del tiempo a bordo de un desgastado coche, que además cargaba agua, unas pocas galletas y avena, que le dieron a la niña en la frontera colombiana.

“La situación es demasiado mala, lo que se gana en Venezuela no alcanza para más de tres días, mi esposo trabajaba de soldador, yo cuidaba a la niña”, dijo la joven. Aseguró también que su familia está en Venezuela y no saben que ya llegaron, porque no tienen un chip de operadora ecuatoriana para llamarles.

Ayuda. La joven fue llevada, junto a otras personas, para que reciban medicamento en una casa de salud. El estado de muchas personas que llegan a la casa de Carmen es deplorable, pero cada minuto recobran el ánimo para continuar con su camino.

Las vendedoras que están en la gasolinera de la comunidad recogen frutas todos los días para los caminantes, una que otra vez les dan un poco de dinero y luego les mandan al refugio, especialmente si ya está entrada la noche.

José González, de 43 años, llegó al sector hace tres días junto a su hermano y dos amigos. El hombre se apoya con un bastón para caminar, ya que sufrió una caída que le lesionó la rodilla y perdió sus zapatos en el trayecto.

“Venimos caminando hasta San Miguel y luego llegamos acá. Nos quedamos en Colombia un mes a ver si conseguíamos trabajo, pero no hubo nada y queremos llegar a Perú”, dijo.

Aproximadamente a las 9:00 de ayer los migrantes dejaron el refugio. En grupo continuaron su trayecto por la carretera sin saber si volverán a tener ayuda en su largo viaje.

Carmen les despidió con cariño, les dio la bendición y les miró hasta que viraron hacia la Panamericana Norte. Al entrar a su hogar continuó con su labor, todavía quedaba gente a quién atender y escuchar.

Las lágrimas empezaron a llenar el rostro de Carmen cuando recordó los hechos suscitados en Ibarra el último 19 y 20 de enero. Con tristeza recibió en su casa a varias personas que huyeron de los ataques xenofóbicos de los ibarreños.

La mujer dijo que un hombre llegó herido y que regresó a Venezuela junto a su familia por el temor a ser asesinados.

“Hubo demasiada maldad en esa gente, ustedes piensan que por aquí no pasó algún delincuente o matón, pero en medio de esa gente, si hay uno malo, hay 40 o 50 que me cuidan o me protegen” dijo la mujer mientras se contactaba con un representante de la Acnur para pedirle información y poder ayudar a un grupo que llegaría a Ibarra.

14 meses de labor de Carmen Carcelén y el apoyo no ha llegado a El Juncal

Muchos de los migrantes cruzan las fronteras entre Colombia y Venezuela y Ecuador y Colombia, por trochas. En cansancio se evidencia en sus pies y rostros. Una pareja de jóvenes llegó a la casa de Carmen con una niña de un año en brazos. La menor luce notablemente enferma y su madre tiene el rostro quemado por el sol, su objetivo es llegar a Perú, no saben cómo ni cuándo lo logren, pero aseguran que allá se encontrarán con varios familiares que ya tienen trabajo.