Ibarra

Son 405 años de esa tarde del 28 de septiembre de 1606 en la que por mandato del Presidente de la Audiencia, Cristóbal de Troya y Pinque, regidor y encomendero criollo,  fundó la Villa de San Miguel de Ibarra.

Al contrario de otras fundaciones españolas en estos territorios  la última, la de Ibarra, no surge de la coyuntura. Procede de una necesidad crecida y sentida por las decenas de encomenderos, dueños de estancias que se habían asentado en la región y que exigían una mayor cercanía a la administración de la Audiencia. Y nace también de otra exigencia: la de la propia administración colonial que encuentra severos problemas para comunicarse con el Virrey, y con la propia corona española,  al tener que hacer un largo rodeo para llegar al norte, viajando hasta Guayaquil. Dificultades que las viven igualmente decenas de viajeros que deben transitar por lodosas trochas  entre Quito y el Puerto. Nace, entonces, Ibarra, con objetivos precisos, con propósitos definidos, los que aun cuando no se cumplen en los años inmediatos, se mantienen vigentes a lo largo de la historia de la ciudad y marcaron su refundación, en 1872. Punto de partida y punto de enlace, son las razones de Ibarra, ciudad. Las que dieron vida y sentido a la trayectoria de una villa que nunca abandonó el encargo de los fundadores, misión que marcó su desarrollo y progreso. Ha llegado el momento de precisar, con entereza y con arrojo,  a dónde va Ibarra. Cuál será el papel de esta villa en el futuro de la región y del país. Señalar metas y trazar rutas corresponde a los ibarreños, a quienes miran con desazón, como la ciudad de sus querencias, parece haber perdido el aliento vital que la animó a lo largo de su historia. 

 Jacinto Salas Morales

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