Hacienda Pilanquí, ‘el lugar donde brota agua mágica’

Chorlaví, Yacucalle, La Victoria, Azaya y Pilanquí, son las haciendas más reconocidas históricamente que tuvo la ciudad. Muchas se parcelaron y se transformaron en barrios, pero este último predio, el de Pilanquí, dejó un legado cultural que se mantiene vivo, pues en lo que fue su edificio principal funciona desde enero de 1987 la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Imbabura.

Fernando Revelo, presidente de la sede en Ibarra cuenta que la hacienda tenía una extensión de 160 hectáreas que comenzaba a 300 metros del parque de La Merced y llegaba aproximadamente hasta donde hoy funciona el ECU-911 “antiguo aeropuerto Atahualpa”.

Su nombre proviene de dos vocablos ‘Pili’, que es de origen caribeño y significa mágico o venerado y el término ‘qui’, de origen chibcha colorado que se traduce en agua. La palabra se adaptó al español hasta quedar como Pilanquí.

El historiador Carlos Emilio Grijalva, en su texto ‘Toponimia y antroponimia del Carchi e Imbabura’, la describe como “una llanura pantanosa situada al Occidente de la ciudad de Ibarra”.

Hasta la pileta que todavía se encuentra en el patio de la Casa de la Cultura, los habitantes de Ibarra, después del terremoto acudían para abastecerse de agua.

Desde 1962, según detalla Revelo, sus terrenos se comenzaron a dividir en predios para conformar lo que actualmente son las casas del centro de la ciudad.

El propietario de Pilanquí fue el señor Joaquín Gómez de la Torre, prestigioso ciudadano, amante de la libertad y de cuya amistad con Simón Bolívar se conoce en los libros de historia. En la casa de hacienda, permaneció el Libertador las siete veces que pasó por la Villa San Miguel de Ibarra.

Revelo cuenta también que era una costumbre de los ibarreños acudir a la hacienda a servirse leche recién ordeñada con las tradicionales quesadillas y que a inicios del siglo XX costaban 20 centavos de sucre. Ahora la modernidad ha dejado para la memoria un portón grande de madera de cedro y una antigua pila de piedra que se conservan en el patio central, testigo de la danza, la música y la cultura.