Guadalupe Bravo,un año abrazada al dolor por la pérdida de su hijo periodista

Quito.- Con el alma rota y el llanto como único desahogo, la ecuatoriana Guadalupe Bravo ha pasado el último año abrazada al dolor, tras una pesadilla que inició en la frontera norte, a donde hace hoy un año viajó su hijo Paúl para recabar datos sobre la violencia, y terminó siendo víctima de ella.

“Se fue de mi casa a cumplir con su trabajo, despidiéndose, diciendo: ‘Mami ya regreso, cuídate mucho, ya regreso’”, recuerda Bravo sobre el día en que Paúl Rivas, el fotógrafo del diario El Comercio, de Quito, iniciaba la que debió ser una cobertura más.

Pero “nunca regresó”, dice Bravo a Efe deshecha en un llanto desgarrador, fruto de un profundo dolor entremezclado con la indignación, porque considera que el Gobierno pudo haber evitado la muerte de su hijo, así como la del periodista Javier Ortega y del conductor Efraín Segarra.

Los tres fueron secuestrados y posteriormente asesinados por el grupo Oliver Sinisterra, liderado por Walter Arizala Vernaza, alias “Guacho”, abatido en diciembre pasado en una operación de fuerzas colombianas.

Bravo recuerda el vídeo que circuló entonces por redes sociales en el que los tres secuestrados, abrazados y encadenados, decían que sus vidas estaban en las “manos” del mandatario ecuatoriano, Lenín Moreno.

“Lo único que quieren (sus captores) es el intercambio de sus tres detenidos en Ecuador por nuestras vidas”, afirmaba Ortega en el vídeo, en referencia a tres disidentes de las FARC presuntamente relacionados con el narcotráfico que estaban en poder del Gobierno ecuatoriano desde dos meses antes.

Envuelta en un lastimero llanto, Bravo considera que desde el Gobierno -al que tilda de “impávido”- “no hicieron absolutamente nada” y asegura que las mayores acciones en busca de “la verdad” del caso las han desplegado familiares y personas allegadas y solidarias.

De 76 años, esta madre a la que las palabras le quedan cortas para expresar su dolor, está convencida de que no le han contado todo: “Han tratado de ocultarme lo más que han podido para que no sufra”.

El equipo periodístico viajó el 25 de marzo, fue secuestrado un día después y su asesinato fue confirmado el 13 de abril.

Ha sido “un año terrible, el peor de los años que hemos tenido. Siempre nos hace falta”, dice en referencia a Paúl, nacido en 1972 y quien tiene una hija mayor de edad.

La habitación de Paúl permanece intacta: “No ha cambiado para nada. Está tal como él le dejó”.

A ella sólo sube la familia para “la limpieza, arreglarla, mantenerla como que ya viene. Siempre mi esperanza es el que ya regresa, ya regresa”, dice quebrantada una madre que el 29 de junio enterró a su hijo en un cementerio de Quito después de que su cadáver, junto al de Ortega y Segarra, fueran encontrados en la selva colombiana.

Convertido prácticamente en un “museo”, en el dormitorio permanecen “todas las máquinas fotográficas” de Paúl, el menor de sus tres hijos, que heredó de su padre la sabiduría del mundo de la fotografía: “Tener sus cámaras, era para él el ‘hobby’ más grande”.

Bravo vive ahora con su hijo Ricardo, quien a raíz de la tragedia se presentó candidato en los comicios del domingo a uno de los siete puestos del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, órgano que designa a las autoridades de control del Estado ecuatoriano; los resultados aún no se conocían como para saber si ha accedido a ese organismo.

La vida le ha dado un vuelco de “360 grados” a Bravo, que sufre “los achaques de la edad” con problemas de salud y dolencias que no le impiden alzar la voz para exigir justicia, para reclamar “la verdad”.

“Derramaremos la última lágrima, la última (gota) de sangre, los últimos centavos para saber la verdad”, enfatiza antes de repetir el eslogan que acompaña sus vidas desde hace un año: “Nos faltan tres y nos seguirán faltando tres”.