Quizás debamos repensar sobre cómo reconstituirnos, sabiendo que no podemos vivir sin amor o con amor desfigurado.

Multitud de seres indefensos son nutridos por desamores, también muchos niños crecen en un círculo vicioso de tensión y violencia, asimismo muchos de nuestros mayores sufren el abandono más cruel de sus cepas. ¿Adónde hemos dejado esa sensibilidad humana?

Uno recuerda aquella idea Quevediana, en la que se decía algo tan verdadero como sublime, en referencia a “los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan”, y no entiende esta lacra antisocial que nos domina, cuando en realidad aquel que ama de verdad siempre tiene palabras de aliento, porque su donación de sí es tan efectivo como afectivo.

Ya está bien de dejarnos mover por el interés y con una frialdad que se nos congela el alma. Ahí están esos millones de menores que pese a no jugar ningún rol destacado en los conflictos, muchos están atrapados, no como meros espectadores, sino como objetivos.

¡Qué poca humanidad tenemos! Cada día son más las personas necesitadas de amor. Imposible levantarse, ponerse en camino y abrazar la existencia sin pasión alguna. El entusiasmo del que ama tiene todas las fortalezas de su parte. Sin embargo, nos estamos truncando la vida por el odio entre semejantes. La mejor manera de devolver la esperanza es ayudar a reconciliarse con los caminos, pues hay horizontes de amor que nos pertenecen.