En todos los tiempos, la palabra ha sido considerada no sólo como uno de los dones divinos que Dios proporcionó a los seres humanos sino también como la forma de comunicación más efectiva para expresar a los demás nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Cada una de las palabras dejan una huella imborrable en el tiempo y en el espacio, en la mente y en el corazón de quienes la escuchan o leen; puesto que tienen un poder y una fuerza invisible de influir positiva o negativamente y hacer que quienes están a nuestro alrededor nos aprecien, valoren y amen o nos desprecien, subestimen u odien. Es por ello, que debemos pensar bien antes de hablar o escribir una palabra porque lo que expresemos a través de ella nos puede convertir en amos de nuestro silencio o en esclavos de nuestras palabras. Recordemos que las palabras sabias, pacíficas y mesuradas que salen de la razón pueden desarmar a un ejército, aplacar la violencia, y promover la paz. Las palabras cariñosas, tiernas y dulces que salen del corazón pueden crear simpatía, fortalecer la amistad e iniciar un amor. Las palabras positivas, motivantes y generosas que son expresadas con Fe pueden convertirse en esperanza, felicidad y bendición. Las palabras negativas, maliciosas y despectivas que salen de la ira pueden generar resentimiento, avivar el rencor y terminar en odio. Dios nos dio dos oídos para oír más y una boca para decir menos, lo que nos obliga a escuchar dos veces antes de pronunciar una palabra.