En cada niño nace un trozo de cielo (II)

Ojalá fuésemos capaces de construir un orbe en el que cada ser en crecimiento estuviese a salvo de todo peligro, y pudiese desarrollar su máximo potencial humano, tanto en valores como en conocimientos. Son, indudablemente, el recurso más importante, la inversión más provechosa, la esperanza nuestra en suma.

Sea como fuere, insisto, en cada niño nace un trozo de cielo, ya que son el mejor amor, aquel que todo lo dulcifica con una sonrisa. Lástima que su vida para algunos mayores valga apenas nada, siendo utilizada por gentes sin escrúpulos, sirviéndose de su debilidad. Por si fuera poca la desdicha, millones de jóvenes viven con miedo, están atrapados por la violencia o se hallan inmersos en un ciclo de pobreza mundial de difícil salida. Hoy más que nunca requerimos acción, necesitamos un cambio a nivel global, que garantice que toda esta fuerza de mancebos tengan acceso a educación, aprendizaje, capacitación o empleo.

No trunquemos su ardor ingenuo, activemos la confluencia de ideas intergeneracionales, concibamos hogares de paz y formemos familias armónicas, que las experiencias de la infancia tienen repercusiones para el futuro.

No olvidemos que las heridas concebidas por la tensión entre progenitores, o la misma ruptura de los padres, causan atmósferas de complicada reparación. Pensemos que lo que se les dé ahora que están formándose, lo devolverán a la sociedad.