En cada niño nace un trozo de cielo (I)

El mundo ha de pintarse de azul claro para cada niño, porque ellos mismos son una porción celeste en camino, siempre en disposición de transmitir vida como signo de continuidad humana. Con razón son el alma de la humanidad venidera, un privilegio en el ocaso de nuestros andares y una gracia, pues toda grandeza se inclina ante su angelical mirada. Naturalmente, es importante no despedazar su ternura, no destruir la inocencia, pues cada cual tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir. Nada hay más insensato, para una especie pensante, que no pueda transcurrir una niñez serena, sombreándole un mundo en negro, ofreciéndole una quema de etapas con doctrinas verdaderamente mortecinas. A veces la irresponsabilidad de los adultos es tan cruel como estúpida; no en vano, demasiados críos han llegado incluso a ser blanco de los francotiradores, sus escuelas han sido demolidas conscientemente, e incluso se han bombardeado hospitales infantiles. Ante este afán destructor monstruoso; díganme: ¿cómo no salir en su auxilio, realzando la voz, para una repulsa al unísono? Ya está bien que a los chavales se les arrebaten sus derechos cada día. Vayamos a los recientes datos, proporcionados por UNICEF: 262 millones de criaturas y jóvenes no van a la escuela. 650 millones de niñas y mujeres se casaron antes de cumplir 18 años. 5,4 millones de niños murieron antes de su quinto cumpleaños, en su mayoría, por causas prevenibles.