El vuelo que no ha llegado

Ibarra, ciudad maravillosa de gente cálida y prodigiosa, espera todavía por hoy, aquel capitán del ayuntamiento, que sintonice verdaderamente con su ciudad.

Difícil de entender esa mala racha administrativa que ya va, casi por el medio siglo, enredada en su fabulosa naturaleza, su espléndida laguna, sus más exitosos empresarios, sus elefantes blancos, su agua contaminada, sus monumentos a la inhumanidad, su orgulloso cuello de botella de la florida, sus notables universidades, su aburrida imitación de la cadena sabatina en versión radio, sus otros monumentos que se derrumban, en fin lo bueno y lo malo; que se remiten a ser testigos pávidos de aquel vuelo que no ha llegado. Dicen los Yachaks, gente entendida en subsanar estas cuestiones que tienen que ver con la espiritualidad; que hace falta hacer una buena “limpia”, ritual de purificación, que aunque a algunos les cause gracia, pero que efectivamente desencadenaría a la ciudad, para que retome aquel vuelo de cóndor, por el sendero del progreso, como guía y líder no solo de la provincia, sino de la región. Y ya que hablamos de vuelos, siempre he visto con mal augurio, aquel aeropuerto construido hace 55 años y que no ha registrado ni un solo vuelo comercial de ruta establecida; que evidentemente obstaculiza el crecimiento ordenado de la ciudad de Ibarra. Enhorabuena que se ha armado un debate sobre el futuro de este “elefante blanco”, engendro de estos “científicos”, llámese ingenieros de la república, al que se suman políticos populistas; que muchas veces miran el horizonte con la cabeza hacia el suelo. Con el devenir del nuevo aeropuerto internacional de Quito, más conviene entablar una ruta de alta velocidad, para conectar Ibarra y a la provincia en 60 minutos; tiempo razonable, que por lo general se necesita para llegar al centro de las ciudades más grandes del mundo, desde un aeropuerto internacional. Seguro que las voces más lógicas primarán sobre este asunto y esperamos presenciar con regocijo aquel resurgimiento de esta ciudad ya no blanca, sino multicolor como su gente y sus tradiciones.

  Raúl Amaguaña Lema.
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