El taxista que me robó

Hace unas dos semanas viajé a la ciudad de Quito con mi familia. Llegamos al terminal terrestre de Carcelén, tomamos un taxi y le pedí que nos llevara a un conocido hotel ubicado en el parque El Ejido.

El señor chofer, de pocas palabras, no dijo nada durante casi todo el trayecto. Durante el viaje fuimos disfrutando de buena música: canciones en inglés de las tres últimas décadas del siglo pasado.

Ya casi al llegar, rompí el hielo y le comenté al señor chofer acerca de esas canciones del recuerdo; también él las elogió e hizo una comparación con cierta disparatada música que les gusta a muchos jóvenes de hoy.

Al llegar al hotel, le pregunté: “¿cuánto le debo?”; “diez dólares”, me contestó. Saqué un billete de 20 dólares, “cóbreme, por favor”, le dije; “ya le doy su vuelto”, me respondió, mientras él y yo nos bajamos a sacar las maletas de la cajuela del taxi. Tomé las maletas y me dirigí a la puerta del hotel. Un lapsus mental me hizo olvidar que el taxista aún no me había dado los diez dólares de vuelto; me acordé recién cuando ya estaba en la recepción. ¡Demasiado tarde!

No me preocupó tanto haber perdido los 10 dólares, lo que sí me molestó, y mucho, fue la actitud deshonesta del taxista.

Alguien dirá, pero usted tiene la culpa por haberse olvidado. No, no, no, el que una persona se olvide de tomar o reclamar lo suyo, no le da ningún derecho a otra persona para que le robe.