El relato libertario de Ecuador a través de las calles del Quito colonial

La Sala capitular, la Casa de Manuela Cañizares, o el Museo de cera Alberto Mena Caamaño, son algunos de los lugares patrimoniales que evocan en Quito el histórico 10 de agosto de 1809, vivos escenarios de un proceso de independencia que concluiría trece años más tarde.

El proceso, que acabó en 1822 tras las independencias previas de Guayaquil y Cuenca, cobra vida en Quito en muchos de los edificios de un centro histórico que es de los mejor conservados de América y en el que cada portón, recoveco y fachada, tienen una historia que contar.

Y es que en apenas varios kilómetros cuadrados, el casco colonial refleja de forma patrimonial un proceso que se extendió desde 1736, con la Misión Geodésica francesa, hasta 1830, cuando se creó Ecuador después de que el país formara parte durante algunos años del proyecto de la Gran Colombia. .

PLAZA DE LA INDEPENDENCIA

“Lo que se mantiene hoy casi intacto es el trazado en cuadrícula, que partió de esta plaza. Los edificios que han quedado casi en su forma original serían sobre todo los templos”, explica a Efe Patricio Guerra, cronista de una ciudad que fue fundada oficialmente en 1534 por los españoles sobre un lugar que “los indios llamaban Quito”.

Con una población inicial de algo más de 200 personas, casi 300 años después, Quito contaba con entre 25.000 y 27.000 habitantes, e imponentes edificios como la Catedral metropolitana, el Palacio de Carondelet y otros que, si bien han pasado renovaciones, se encuentran donde entonces.

Para el cronista, la epopeya comienza a contarse sola desde la Plaza Grande o de la Independencia, donde se erige el monumento a los líderes del “Primer Grito de Independencia”, un acto por el que un grupo de líderes criollos depuso al presidente de la Real Audiencia de Quito, el conde Manuel Ruiz de Castilla, dando a la capital ecuatoriana el apodo de “Luz de América” pues con ello se abrió el proceso independentista en todo el continente.

El “Monumento a los héroes del 10 de agosto” incluye en su iconografía un cóndor rompiendo una cadena con su pico y un león (España) retirándose herido.

“Es un sitio obligado”, asegura Guerra, para quien el entorno de la Plaza Grande debió ser entonces muy parecido al de hoy, con vendedores ambulantes “de una economía informal”, “indígenas y mestizas que vendían productos de sus chacras (huertos) y que estaban en pugna con los que pagaban aranceles al cabildo”. Incluso con su rumorología política.

NOCHE CRUCIAL CON MANUELA CAÑIZARES

A unos cien metros, el Centro Cultural Metropolitano, monumento reconstruido pero que para el experto alberga el alma intelectual del proceso independentista.

“El lugar estaba ocupado entonces por un complejo jesuita, y como habían sido expulsado en 1767 (partes) del edificio recibieron otros usos, uno de ellos como biblioteca pública, con 40.000 volúmenes y cuyo primer director fue Eugenio Espejo”, ideólogo del proceso libertario.

Ahí, dice, adoctrinó a sus discípulos con las ideas ilustradas de la Revolución Francesa y les habló de sus contactos con Antonio Nariño en Bogotá.

Enfrente, está el motor, la fuerza: la vivienda de Manuela Cañizares, la heroína que reunió en su casa, la madrugada del 10 de agosto de 1809, al grupo de libertarios que, tras deponer a la autoridad colonial, instaló una Junta de Gobierno Autónoma.

A ella se le atribuye la famosa frase para arengar a los hombres dubitativos a rebelarse: “Hombres cobardes nacidos para la servidumbre… ¿De qué tenéis miedo?”.

EL MOTÍN DEL 2 DE AGOSTO

Seis días después se ratificó el “Primer Grito de la Independencia” con un acta rubricada en la Sala capitular del cercano Convento de San Agustín.

Ubicada en el corredor oriental, era utilizada como Aula Magna de la Universidad San Fulgencio, la primera de la ciudad.

Como en la Biblioteca, también se consagraron allí los principios de libertad, respeto y democracia contenidos en el Acta de Independencia, y allí está la cripta de algunos próceres.

El alzamiento inicial fue frustrado unos meses después por tropas coloniales y los próceres encarcelados, generando un malestar que condujo al Motín del 2 de Agosto de 2010, cuando la población exigió su liberación: entre 200 y 300 murieron, un 1% de la población quiteña.

En base a un cuadro del pintor ecuatoriano César Villacrés, se recrea después en cera la escena de ejecución de algunos próceres en el Museo Alberto Mena Caamaño, en la exposición “De Quito al Ecuador (1736 – 1835)”.

UN PATRIMONIO EN PELIGRO

Guerra recuerda que hay otros muchos lugares por el Quito colonial que “cuentan” el origen de la historia nacional ecuatoriana, porque también el pueblo fue crucial y dejó sus huellas en barrios como el de San Roque, que “estuvo permanentemente en revuelta y convocaba al resto: el llamado ‘Convite de San Roque'”, dice el historiador.

Preguntado por las fachadas y calles del Quito colonial, a Guerra le hablan “de una larga tradición de descontento, de rebeldía”.

Y es que paradójicamente, la lucha popular se ha repetido numerosas veces los dos últimos siglos en las mismas calles, un costumbrismo que para muchos debería cesar por el daño que causa al patrimonio nacional.