El paso del tiempo

myriam valdiviesoNada en el mundo permanece estático, todo cambia y se transforma; mucho más con el paso del tiempo que redibuja a las personas y los lugares, que otrora eran pequeños y  cuando se los vuelve a ver, muchos de ellos están irreconocibles, conservando tan sólo rasgos de origen, pero distintos en su expresión y naturaleza.

En el caso de las ciudades es evidente la transformación y para ejemplo el caso de la ciudad de Quito, lugar al que de cerca he visto transformarse.

El Quitwa o Kitu de los quitus, panzaleos, cotocollaos y otras tribus que poblaron estas tierras equinocciales de manera intermitente  por las erupciones volcánicas del Guagua Pichincha y el Pululahua, tenía mucho bosque primario y miles de colibríes, que hoy ya no existen en nombre de la modernidad y la expansión; eran caseríos pequeños que se combinaban con entornos naturales y un centro administrativo al que llegaban todos, porque allí se ubicaba el tianguez o mercado, en lo que hoy es la plaza de San Francisco. Precisamente con la fundación española, sobre esta ciudad se asienta otra,  saqueando y destruyendo la primera, pero igual el centro político se ubica allí mismo.  La ciudad en ese entonces era pequeña, el río Machángara en la Recoleta era el extremo Sur, ya las afueras,  y por el norte San Blas.

La localidad se va extendiendo longitudinalmente hasta rellenar toda la hoya y alcanzar hoy en día más de cuarenta kilómetros incluyendo la Mitad del Mundo, que se ha convertido en otra ciudad satélite. Con tanta urbanización y sin suficientes espacios verdes, el contacto con la naturaleza es escaso, hay que trasladarse a los entornos de los valles para admirar el aleteo de las aves, disfrutar del sonido de los riachuelos y sentir el silencio y el olor de los eucaliptos.

El Quito del presente es una metrópoli entrecruzada por arterias viales repletas de vehículos, con infraestructura vial insuficiente, dada su condición topográfica, es la ciudad cuyos protagonistas son los vehículos y no los ciudadanos. Ahora que el aeropuerto sale del entorno urbano crecen los apetitos por levantar la ciudad a 30 y 40 pisos de altura. Me pregunto si esa concepción urbanística es la correcta o si eso traerá más agobio,  porque el crecimiento no ha sido pensado en función de sus habitantes,  aumentará la migración hacia “la ciudad de las luces”, se incrementarán los autos, la inseguridad y el mal vivir.

Tenemos la promesa de un gran parque del Lago que si se planifica mal en el uso del suelo del entorno, quedaría “encajonado” en medio de grandes edificaciones. Muchas veces los intereses económicos pesan tanto como cuando se pobló en los años ochenta la línea marginal del occidente de la ciudad, antes bosques y hoy urbanizaciones. ¿Hasta dónde puede soportar esta ciudad? Debería ser el motivo de una convocatoria a bienal de arquitectura y urbanismo. 

 

Myriam Valdivieso C.
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