El dolor sigue intacto y la ayuda ofrecida nunca llegó a las familias

Ibarra. El rostro de Luis Ernesto Espinoza, de 38 años de edad, se apaga al recordar lo que sucedió la noche del 24 de septiembre de 2017 en González Suárez. Como era costumbre, viajó desde la comunidad de Quinchuquí hasta Quito junto a su esposa, María Lema y sus dos hijos para vender frutas en Calderón, y al retornar, tomó la peor decisión de su vida, subirse al bus disco 10 de la cooperativa San Gabriel.

“Perdí a mi esposa que estaba a punto de dar a luz a una niña, iba a nacer luego de una semana, veníamos con ella y mis dos hijos, Milan y Deiky. Ya han pasado casi dos años, para mí no es fácil tener el papel de padre y madre, sobretodo en el trabajo, ya que debo cuidar a mis hijos”, comentó Luis con los ojos llenos de lágrimas.

Él asegura que desde que tomaron el bus ya se dieron cuenta que las cosas no estaban bien, por el exceso de velocidad en que circulaba, además comentó que desde la terminal de Carcelén ya estaba lleno de personas, sin embargo, el chofer fue cogiendo más pasajeros en todo el camino.

“Pedimos que se haga justicia y los jueces agiliten el juicio, nos indemnicen y nos ayuden. Al principio nos ofrecieron muchas cosas, de todas las instancias nos decían que va a haber ayuda psicológica y, hasta ahora nada, ni una visita de alguna institución hemos recibido. Siento un alivio por lo que le han capturado al segundo implicado, ya que él como chofer debe pagar las consecuencias de sus actos”, agregó el viudo.

Desde la partida de su esposa e hija, a la que aún no sabía como iban a llamar, la vida de Luis dio un giro total, debe trabajar por horas y estar pendiente de las tareas del hogar, sus hijos en la actualidad tienen 5 y 8 años de edad.

“Viajábamos siempre los domingos, en la tarde nos fuimos a pasear al centro de Quito. Nunca cogíamos esa cooperativa, pero ese día no habían más buses y en la entrada de las boleterías estaban vendiendo boletos a dos dólares. Mi esposa estaba cansada, esperamos más de 40 minutos, yo me subí casi al último porque tenía una maleta”, concluye con notable nostalgia.

Otra historia. Juan Vicente Tapia, de 63 años de edad, no ha podido superar la muerte de su hija Lady Yomaira Tapia Pozo y su nieta Joselyn, de seis meses.

Recuerda como su fuera hoy las labores que cumplió aquel día en la comunidad de San Pedro, en la parroquia La Carolina, y cómo y dónde recibió la fatal noticia.

“Mi hija viajó junto con su conviviente, sé que fueron a dejarle a un cuñado que iba a trabajar por allá. Mi yerno me dijo que nos les paraban los buses y tanto esperar ha pasado ‘el carro de la muerte’, ella se ha sentado con la bebé. Ese día estuve muy cansado y me acosté a dormir, le llamé a mi hija y no me contestó, casi a las 21:00 timbró el teléfono y escuché una voz que lloraba, era mi yerno y me dijo que mi hija y mi nieta habían muerto en un volcamiento”, comentó.

Aseguró que esa hora no había ni busetas para ir y fueron en moto hasta San Jerónimo, en donde los policías les ayudaron a que un bus les llevara hasta Mascarilla, en donde tomaron otro transporte para llegar al sitio de la tragedia.

“Fui hasta Atuntaqui y me regresé a Ibarra para ir a ver el cadáver a la morgue, había muchísima gente y luego salieron a preguntar por el familiar de la bebé y le reconocí.

Mi nieta lloraba, desde que le vi sabía que no se va a salvar porque le salía sangre de los oídos, le llevaron al hospital Baca Ortiz en Quito, en donde falleció luego de tres días. Ahora sólo podemos visitarles en el cementerio”, concluyó el afligido padre.