El amor de las montañas

Esta historia la han amasado con tesón los pueblos de la gran meseta de Anáhuac para que preserve la mente y el corazón de los descendientes de la cultura Tlaxcala.

Junto a otros cacicazgos sembraron cercanías y distancias en la otra hora civilización Azteca, simiente originaria de los pueblos del México actual.

Dícese que no todos los pueblos que habitaban la ancha tierra de Anáhuac estaban felices, porque “Mucho oro y muchos hombres para los altares de los sacrificios había que llevar a Tenochtitlán, la poderosa”.

La protesta estaba por alumbrar la voluntad de los guerreros; ellos leyeron los dibujos escritos en las estrellas del cielo y juraron libertad para su pueblo. Antes de partir, Popocatépetl pidió al cacique principal que, si regresara vencedor, le concediera por esposa a su hija Ixtaccíhuatl (mujer blanca).

La gloria fue conquistada con grandes sacrificios, pero al volver a Tlaxcala se enteró de la muerte de su amada. Popocatépetl lloró su dolor, con pasión dirigió la misión de juntar más de diez montañas y construir un lecho donde recostar a Ixtaccíhuatl para su descanso eterno.Los tiempos los han encanecido, permanecen juntos de cara al sol y a la luna, en la más cercana escena de amor.

De cuando en cuando, Popocatépetl hace latir su corazón con el fuego guardado por la pasión. Despierta para tratar de besar los labios de la “mujer blanca”, a quien amará por siempre.