30-09-2019 | 00:00
Juan F. Ruales
Como venía diciendo
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Las Tarantulas y la Poesía

Publicar un poema es un acto de antropofagia. Al liberar sus poemas, el poeta se libera a sí mismo

    Publicar un poema es un acto de antropofagia. Al liberar sus poemas, el poeta se libera a sí mismo, se libra de morir asfixiado por su vaho mortal que no está solo hecho de palabras de rara connotación semántica , sino de aberraciones, maleficios, mitos y tabúes, de utopías e infiernos virtuales en cuyas sinuosidades morirá incinerado poco a poco si no logra zafarse a tiempo de ellos. Pero una vez paridos, éstos se vuelven musarañas antropófagas que acaban por devorarle a quien los pario, como aquella tarántula que vi en 1972 en el Valle del Cauca, que había incubado a miles de críos, pero una vez “paridos”, éstos la transforman en su primer desayuno pues, no bien estuvieron fuera de sus huevos, la persiguieron para devorarla, hasta no dejar de ella más rastro que el que cada uno llevaba en sus genes. En l actualidad, la forma de liberar a esos seres antropófagos no es solo mediante la publicación en un libro como lo hacemos la mayoría de poetas, o andar recitándolos en plazas abarrotadas como lo hacía el vate ruso Eugenio Evtuchenco, o mediante un recital en un café entre amigos bohemios, o en un teatro, o a través de la poesía mural como lo hizo el Grupo “Caminos” o como lo hice yo mismo por los años 70s con “Poesía en las Esquinas”; ahora se lo puede hacer más rápidamente usando múltiples opciones de internet, comenzando por enviarlos vía wathssap a una amante o a un grupo de cómplices y encubridores de este acto perversamente bello que es el exorcismo de la poesía.