23-09-2019 | 15:18
Juan F. Ruales
Como venía diciendo
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Ibarra, mi estación ontológica

mi homenaje de amor a mi “tía” más querida, esta bella ciudad en la que he renacido tantas veces.

    Otavalo jamás dejará de ser mi madre, la más amada, a la que me une un cordón umbilical infinito, donde aprendí a amar la poesía, la línea férrea y sus trenes ululantes cargados de nostalgia. Tierra por la que luché desde mi juventud y por cuyo Lechero y Cascada forjé odiseas para que estén allí, aunque nadie se acuerde que esas no son sino utopías cumplidas de unos pocos soñadores que siguieron mis huellas, querida “Matria” a cuyas calles vuelvo a recargar mi identidad y mi añoranza de no estar ahí, ahora que la buena cepa de sus hijos se ha ido diluyendo en una modernidad vacía de contenido identitario. Sin embargo mi gratitud a Ibarra es inconmensurable. Mi madre vivió aquí unos años y siempre recordó con melancolía a su compañera de escuela Laurita Eskola con cuya familia llegué a cultivar una amistad que ya lleva medio siglo. Por los años 70s yo volvía cada semana de la universidad a mi provincia y pasaba a Ibarra donde formé un grupo cultural que dio que hablar. Desde entonces me quedé intermitentemente aquí como un hijo adoptivo. Es aquí y en Quito donde desplegué mi vida intelectual gracias a la hospitalidad de bellas gentes que hasta ahora me han ayudado a empujar el tren de la historia, ora como responsable de cultura del Banco Central, ora como consejero y director de cultura del GPI, como docente y director de cultura de sus universidades. Mi homenaje de amor a mi “tía” más querida, esta bella ciudad en la que he renacido tantas veces gracias a calidez de tanto amigo.