Doña Elvia cuenta la vida en el claustro

altIBARRA. Elvia María Avellaneda López, tiene 83 años, vive en la barrio El Carmen y fue una de las pocas personas que ingresó al Monasterio de Las Carmelitas desde que tenía un año de edad, ella contó a EL NORTE cómo era la vida en el claustro.

 Sus vivencias. “Me contó mi padre que cuando yo tenía un año y medio, estaba parada en la puerta del monasterio y la madre Josefina Gómez Jurado, había dicho que entre la sarquita, osea yo, y fue desde ahí que mi vida cambió”.  
 
 Antecedentes. El monasterio es una de las construcciones coloniales más bellas de la ciudad. Las fundadoras son las madres de la comunidad de Carmelitas, que llegaron a la Ciudad Blanca desde Popayán. Este bien patrimonial se terminó de construir en 1877.

Elvia Avellaneda contó que las monjas preparaban el vino y las hostias y que todos los días se levantaban a rezar a las 4 de la mañana, “en la época que yo ingresaba al monasterio había cuarenta hermanas, incluso una arquitecta de Panamá, todas las monjitas vivían en un profundo silencio”.

Explicó que el entierro de una monja en el  claustro era completamente sencillo, “veníamos todos los fieles y acompañabamos en la misa, el ataud era con unas cuatro tablitas blancas forrado con una tela bien delgada y nada más, las hermanas cargaban el feretro y llevaban el cadáver al cementerio para el entierro”.

En la  consagración de las nuevas monjas el sacerdote oficiaba la ceremonia,  “por medio de una ventana estaba la hermanita vestida de blanco entero, cubierta el rostro, cuando el padre hacía las aclamaciones y se escuchaba los aplausos se descubría el rostro de la nueva monja, pues luego de la misa nunca más se le volvía a ver”, indicó Elvia.

Las mojas que tenían una enfermedad se curaban dentro del monasterio con un médico que ingresaba al claustro.

Según Elvia, fue Monseñor Antonio Mosquera, el que reformó a las monjas de toda la dureza del claustro. Para la cuaresma las monjas  tenían los silicios (cadenas con puntas), y la corona de espinas, “recuerdo una vez cuando tenía 8 años vine al monasterio y escuchaba las cadenas cuando las monjas  se golpeaban para prepararse para la cuaresma, las monjas no comían carne, huevos, ni tomaban leche, todo era limitado, sólo comían lo que producía la tierra”, finalizó diciendo Elvia que aseguró que aún tiene mucho que contar de la vida en el claustro.