Cuatro horas

mv1Al estilo de titular de película de aventura, voy a contarles el periplo de llegada a Ibarra cuando desde Quito quiera visitar la bella “Ciudad Blanca”, próxima a enfiestarse en el mes de septiembre, en medio del anuncio de cierre de la panamericana norte, que será rehabilitada por seis meses dada la inestabilidad de las montañas que fueron afectadas por el sismo.
Hasta Tababela usted puede recorrer por dos vías, la Collas o la Interoceánica, calculando un tiempo de cuarenta y cinco  minutos a una hora  y media dependiendo del sector de la ciudad que usted salga, hasta allí con vía fluida. Desde este punto a Yaruquí, próxima parroquia hacia el norte,  el ánimo le va a cambiar porque además de la congestión que tiene tres vertientes: los que van al aeropuerto, los que viven por la zona y los que van a norte del país, se suman los trabajos en la vía que por cierto va a quedar espectacular.
Pese a la presencia de policía metropolitana ahora a cargo del tránsito, el flujo no avanza; vaya con cucayo y agua,  aunque la  oportunidad creativa de los pequeños comerciantes  ya les puso a recorrer  los sitios de congestión, ofreciendo  ricos pasa bocas para matar el tiempo. Se suelta de Yaruquí y cae en otro paso lento y estancado, el del Quinche, y eso que no es domingo ni días de romería como será en Noviembre. Una vez fuera del atolladero respira profundamente y se siente liberado porque desde Ascázubi ya no hay tráfico, pero han transcurrido hasta allí dos horas y media. Cayambe le espera en treinta minutos más completando las tres horas hasta el Cajas y de allí para Ibarra cuente una hora más o si va a Otavalo treinta minutos. Lo cierto es que tendrá que destinar más tiempo porque no hay otras vías alternas. Con todas las ganas que tenía de anticiparme al Yamor pasé por Otavalo para deleitarme con la rica chicha porque me imagino que para esas fechas en que el turismo se concentra desde todas partes del país la cosa se va a poner bastante difícil, en todo caso la ilusión de llegar al destino  nos hace sobrellevar los inconvenientes y recordar que la que manda aquí es la madre naturaleza, que de cuando en cuando nos reprende para recordarnos que es la verdadera autoridad del planeta.